El 21 de mayo los peruanos disparan de la costa. La Esmeralda se aleja, se le quema una caldera, es una mosca pegada en la miel. Prat prevé lo peor, llama a Zegers, dándole el último mensaje: «Dile a Carmela que mis votos y mis últimos pensamientos son para ella». En el segundo espolonazo a la Esmeralda, Prat aborda con el sargento Aldea el buque peruano. Con espada en mano, recibe un disparo en la cabeza. ¿Qué imágenes pasaron por esos segundos de agonía ese 21 de mayo de 1879? ¡Estoy segura que la de su bella Carmela!
En 1987, aún no había edificios en altura, solo de cinco pisos, cuando el horizonte se veía plano y tenía ése aire provinciano que enamoraba. Era la época de los Chevy Nova, el señor Rossi saludando a artistas y parroquianos, los chalets de Playa Brava, el supermercado Il Capo, los paseos en Primeras Piedras, caminatas al Cerro dragón, fiestas de living bailando rock latino, las atajadas del «loco Erlich» en el Estadio Municipal de Cavancha y los free concert en la Casa del Deportista, con el grupo Nadie.
De niña estaba acostumbrada a las marejadas, a ese oleaje bravío, precipitado y sin clemencia. Millones de gotitas salinas circulaban libres por la vereda. Mientras dormía, mi cama simulaba el movimiento de otro barco que bogaba desafiando alturas y grandes hendiduras. Al encoger los pies, sentía el ruido estruendoso de piedras golpeando en la arena. Y como ciento de ellas regresaban a su punto inicial. Pensaba en la casa de juegos anclada en los roqueríos del barrio Morrino. ¿Le habrá pasado algo a la casa de las rocas?. En mi profundo estado sabía con certeza que día siguiente, amistosos cangrejos se deslizarían por escaleras y veredas. No temía de la oscuridad ni del intenso batir del mar.
Después de la retreta del desfile, una lancha comenzaba su travesía marítima, dejando atrás poco a poco el muelle. La gente se iba minimizando, sus voces eran reemplazadas por el canto de gaviotas y pelícanos. La compañía del pequeño oleaje marea un poco por el vaivén constante de la pequeña nave. Saludamos a las otras, que retornan del paseo y me parece curioso que ese saludo sea tan efusivo y tan cariñoso, como si nos conociéramos de toda la vida. ¡Oh!, la pequeña nave se detiene, estábamos en presencia de los lobos; se desplazaban por los roqueríos. Me encantaba verlos nadar, especialmente a los cachorros. Nuestra presencia no los atemorizaba para nada ,por el contrario sus voces graves y ásperas simulaban un canto y nos deleitaban con sus piqueros al agua. Retornamos felices, después de avistar la boya. En el camino compraron empanadas donde la » mami» en el desaparecido bar inglés. ¡Qué ricas! ¡De pino y fritas! En casa me espera la mesa larga; las comidas y las canciones A.M. El pescado con ensalada huele a playa y a sal de mar, el brindis al bronce del año nuevo iquiqueño, el postre inmortalizaba aún más el olor a mango del oasis perdido. «¡Vamos a bailar!», dice el abuelo. Muy alegres y entusiastas cantamos y reímos, en que se mete la chica del 17, de donde saca pa’ tanto como destaca. Toco la textura plástica del mantel y con eso confirmo que los sueños se multiplican por doquier. Prefiero no despedirme sino irme como si el tiempo no me siguiera. Ahora me pregunto, por qué Iquique creció tanto, por qué hay tantos edificios, por qué la gente no saluda como antes, por qué no puedo comer una empanada sin culpa, por qué no está el cuchuflí barquillo en calle Tarapacá, por qué no puedo entrar a la casa de mi abuela tirando la pita de la puerta, por qué no puedo sentarme en la cuneta de la plaza para ver el desfile, por qué no me puedo bañar en «La poza de los patos», como antaño. Quiero volver a ser una niña y mirar sin esfuerzo, la inmensidad de los cerros morenos.
Sonia Pereira Torrico







