Hace 10 mil años antes de Cristo, la fauna y la flora de la pampa del tamarugal, era un escenario muy distinto, donde existieron especies en extinción, uno de ellos es el Megaterio, mamífero terrestre herbívoro, el más grande que habitó América durante el pleistoceno, similar a los perezosos actuales, pero de mayores dimensiones. Midió aproximadamente 5 metros. Se imaginan a este perezoso comiendo tamarugos y algarrobos en suelos tarapaqueños.
Mi tata Domingo siempre me conversaba, que al final de su trayecto en este mundo, quería morir en la pampa. Yo lo observaba con detención y le preguntaba.
– Tata ¿ por qué quiere morir en un lugar tan inhóspito y desapacible?.
-Nieta querida, quieres saber mi historia y mi amor por la pampa.
-Sí tata, quiero, asentí sin remedio.
Era muy pequeña y mi tata con frecuencia nos invitaba a conocer la llanura llamada » Pampa del Tamarugal» , sus diferentes pueblos y salitreras abandonadas, las cuales vivieron una época de gloria y caída por la explotación del salitre y plata. Entre las que destacaban: Oficina salitrera Humberstone, Santa Laura, Victoria, Iris, Alianza, Constancia, Mercedes, Paposo, La Noria, Mapocho, San Antonio, Agua Santa, Tres Marías, Huantajaya, entre tantas otras. Antes de emprender la travesía , debíamos llevar ropa comoda y adecuada, una colación y las ganas de conocer y aprender. Ibamos en un land rover antiguo, ¡oh! que vehículo más incómodo, saltar por piedras y suelo poco uniforme, hacía del viaje experimentar sobresaltos constantes. Pero mis ansías de conocer el mundo minero de mi tata, era tan grande, que cualquier sacrificio valía la pena. Me comentaba con ahínco.
– Sabes, en el año 1957 , trabajando para la ENAP , a cargo del doctor en geología italiano, Giovanni Cecioni, encontramos cerca de Canchones con un grupo de trabajadores, un MEGATERIO ( animal prehistórico herbívoro).
Yo le dije.
– Encontraste un dinosaurio tata.
Él me responde.
– ¡No!, pero algo parecido. Buscando petróleo, encontramos el esqueleto de un megaterio. Estudios sostienen que se parece a los perezosos que habitan en los árboles en la selva de Brasil y que miden aproximadamente 5 metros. Y en la reconstrucción, sucedió algo anecdótico. En juntar las piezas del megaterio, unimos la cola como parte de la trompa, pensando que era un elefante prehistórico.
Risas se desataron por doquier en medio de la chusca insolente, frente a tal calamidad.
– Y ¿dónde está? ¡Quiero verlo!
-¡Hija! el dinosaurio que tú inocentemente dices, está ahora en Santiago, en el Museo de Natural.
-¡Ah! yo quería verlo.
-Cuando viajes con tú mamá , dile que te lleve, bueno.
– ¡Ya tata!, respondí entusiasta.
A esas alturas estaba maravillada con los tremendos antecedentes históricos. Parte del megaterio, se fue precisamente a la capital y otro porcentaje se quedó en el puerto heróico.
Orgullosa de todo el bagaje cultural e histórico aprendido, de un hombre tan sencillo llamado Domingo Torrico Yanki. Ese hombre lindo era mi tata, el que me decía cuando niña ¡ya hija!, creo que llegamos al lugar que buscábamos.
Trabajar para la ENAP, fue parte de su gran deseo, confluye con otro más romántico, como es, morir en la tierra donde converge el pasado con el presente, cuyo telón de fondo inexpugnable es el más árido desierto . Los bungalows, las perforadoras, la ambición, el trabajo de los hombres pampinos, son ahora espejismos del sueño y la fiebre por el oro negro en las profundidades de suelo tarapaqueño.
Sonia Pereira Torrico
Fotografía: Enap (1957)






