«El lugar que amamos, ese es nuestro hogar; un hogar que nuestros pies pueden abandonar, pero no nuestros corazones que se tejen al evocar».
Fue un 11 de Julio de 1866, Iquique fue declarado por las autoridades Peruanas «Ciudad del departamento de Tarapaca».
El 26 de junio de 1855, las autoridades peruanas declararon a Iquique como «Puerto Mayor del sur del Perú «. El 11 de julio de 1866 se declara «Ciudad del Perú del Departamento de Tarapacá».
Con la riqueza, industria y comercio imperante, la ciudad de Iquique emerge con gloria, mediante el combate naval de 1879, epopeya que despertó una admiración singular en todas las naciones del mundo y que fue tema predilecto de los poetas, extranjeros y chilenos. Durante la chilenización, el vicealmirante Patricio Lynch, luego de la ocupación, convocó el 25 de noviembre de 1879 a ciudadanos residentes y miembros del Cuerpo Consular para la Primera Junta Municipal de Iquique, durante la administración Chilena la que eligió al Francés Eduardo de Lapeyrouse, primer Alcalde de Iquique. El mismo constructor de la «Torre del Reloj», de la actual Plaza Prat. Al final de la guerra, en 1883, y por el Tratado de Ancón, la ciudad pasa a formar parte de Chile oficialmente. En 1883, en la ciudad de Iquique comenzó el cambio de nombres. La calle Ayacucho por ejemplo se cambió por Vivar. Junín por Ramírez, Tacna por Obispo Labbé, Arequipa por Patricio Lynch, La Puntilla por Arturo Prat, Huancavelica por Baquedano, Zela por Luis Uribe, Misti por Aníbal Pinto, Camina por Pedro Lagos, Libertad por Covadonga, Pichincha por Souper, Cajamarca por Sotomayor, Ucayali por Gorostiaga, Mamiña por Wilson, Lima y Tarata por Serrano.
Sin tener el gran movimiento comercial de calle Bolívar, Vivar o Tarapacá. Calle Serrano mantuvo en sus inicios edificios, tales como el de don Francisco Sparenberg; el de la bomba austríaca y otros, dos casas comerciales llamadas «El Sol» y «La Casa Francesa». La calle Serrano, en el límite con la calle Patricio Lynch, estaba cerrada por un café chino, conocido con el nombre de «Hotel Talcahuano».
Con la crisis salitrera, la ciudad cosmopolita del eterno carnaval cae sin aterrizaje forzoso en una profunda crisis económica. Las alegrías se pasan cantando y bailando sobre las tablas de pino de Oregon, desde calle Serrano Nº 1081. Bertita e Irma eran unas intrépidas niñas, jugando con muñecas de loza, celebrando el cumpleaños pobre con pancitos untados en huevo y leche. Felices, esperando al abuelito Miguel, con la sarta de cojinovas, para el pescado escabechado, atentas al «Longino», con los toros del caserío, agachándose súbitamente del agua de las bateas, en plena chaya veraniega, abrazando el atardecer con mamá Rosa y la tía María, para ir a descansar y despertar nuevamente con el canto de un gallo solitario. Ambas niñas, jugaban con tierra al fondo del patio, procuraban no pisar las verduras y la ruda para el dolor de guatita. Cursaban la primaria en la Escuela 6, cantaban el himno chino, paseaban por la arbolada Plaza Condell, se sentaban al interior del Odeón, esperando ser inmortalizadas por el señor de la cámara de cajón. Que ganas de perderme con ustedes, pero no por falta de caminos, sino por aprovechar ese bello instante de salir a la calle, sin sentirme indefectiblemente sola. De acariciar una bocanada de aire marino, yendo al almacén del chino Emilio, a la cancha del Club Chino y lanzar miguitas de pan por doquier a las palomas sobrevolando los cielos iquiqueños. Experimentado esa sensación de libertad, que el Iquique de antaño me solía dar. Caminar en la madrugada, después de asistir a una boda en el Club Chung Hwa, con una bolsa de comida recalentada y papas a la huancaína de la fiesta del año. Nadie , pero nadie se fue sin su trozo de asado. Ahora entiendo, que las costumbres se heredan y yo las sigo repitiendo, al terminar un cumpleaños de niños. Nadie se va sin su bolsa de queques y roscas.
Quizás sea la forma de estar más cerca de mi Iquique querido, la nobleza de su gente y su nuevo aniversario 144, con los iquiqueños que vienen despegando desde hace siglos, como Alfonso Ugarte, Arturo Godoy, el Tani, Elena Caffarena, Teresa Flores y Luis Advis por nombrar a algunos.
Quizás sea la forma de invocar la presencia de estás hermosas mujeres nortinas que marcaron mi vida y la de mi familia. Una hace un guiño desde el cielo y la otra sigue cocinando con negrita y verdura surtida para la cazuela del día.
Sonia Pereira Torrico
Fotografía: Hernán Pereira Palomo








