Era 1995, íbamos de tumbo en tumbo, de arriendo en arriendo, después de partir definitivamente de mi adorado Barrio El Morro. Estaba sumergida en una tristeza profunda , lejos del aire marino, mis amigos, las peleas perrunas entre el Max y el Dinki, el despacho de la señora Ginita, el kiosko del Lucho, la chaya en Bellavista, las hallullitas de Castillo, la casa de las rocas, Siboney y lejos del mar, ese que sólo Iquique me sabe dar. Vivíamos en la época del «Loquillo», el «Armandita’, «La Pink’ y la «Dragoncito» en calle José Miguel Carrera con Arturo Fernández. En una casa con olor a madera y cera. Me desagradaba en demasía pasar el chancho los domingos, sin embargo, estaba a muy pocas cuadras de la más linda de las playas y pozas. Ese paisaje representaba un bálsamo a este vehemente extrañar el nido, la cuna , el arrullo de la ola y el susurro de la caracola. La pena iba mermando con el advenimiento de la navidad, mamá realizaba todos los esfuerzos para dibujar una sonrisa en la cara de mis hermanos y en la mía. Ella decoraba con luces y guirnaldas las paredes añosas, nos mandaba dejar la casa soplá para honrar está festividad como Dios manda, planificaba los regalos con el viejito pascuero de la zofri. Sangre, sudor y lágrima por vernos sonreír y ser felices en familia, porque ese era el valor que ella tanto, pero tanto transmitía, familia unida y agradeciendo a la vida.
Era 1995, tenía 19 años, con un sobrepeso enorme y una madre viéndome como las más lindas de las flores. Ella era la navidad, la magia, deshojando alegría, canciones sueltas, un guitarreo sentido y una emoción intensa antes del primer abrazo de la medianoche.
Mamá me pedía colocar la mesa, con los bocadillos del supermercado Rossi. Mientras se bañaba, solicitaba ordenar el living, prender el árbol y depositar los últimos regalos. En esa ocasión no comimos pavo, si un cóctel frío con los colores de azapa y el oasis de Pica. Por la escalera, descendían mis hermanos con la pintacha de La Riviera, mi padrastro tirando la talla como siempre y mamá retocando el peinado que le hicieron en «cosmética capilar Rossi». Los vecinos del barrio se mostraban ansiosos, conversando de lo humano y lo divino en la vereda. Don Rigo, saludando con cariño a mi hermano chico. Y los demás esperando el conteo en el reloj del cerro. Se respiraba un ambiente familiar, por calle Arturo Fernández hacia Libertad, no pasaba ni un alma, los niños todavía jugaban a la pelota en el medio de la calle. Mamá estaba hermosa, bajo una mirada nostálgica, tratando de equilibrar lo dulce y agraz del presente año. Mamá era una niña, y le hubiese gustado que las cosas fuesen distintas, tal como soñaba en la Covadera o en la calle Orella, sentada en la cuneta, aguardando un milagro y una salvación, para ese dolor de los mil años.
¡Navidad eres tú mamá!, con tus luces y sombras. Aún escucho tu risa por detrás de las cortinas y las fotografías pampinas. También ese incesante acoger y atender gente sin conocer. Cada uno retornando al lar, con un trozo generoso de pan de pascua y cole mono.
Son las 12, ha comenzado la fiesta de los abrazos, los buenos deseos, el brindis y esa vocecita tuya, tan tuya, susurrándome al oído, y diciéndome, hijita linda, quiero que seas feliz hoy y todos los días.
Te quiero mucho mamá
Feliz Navidad
Sonia Pereira Torrico








