«El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento». (Albert Camus)
Qué maravilla, abrir mis ojos y ver las paredes descascaradas de mi casa, una ampolleta amarillenta colgando del techo, a la izquierda, la puerta entreabierta del clóset misterioso y unos ojitos imaginarios presurosos invitándome al mundo de Narnia; la saga de libros más famosa de la época de los 80. La ventana de mi pieza dibujaba un balcón, el cual , me servía de refugio, para cuando mamita me castigaba por arrancarme sin avisar a pedalear por la «Corte de Apelaciones» y la «Intendencia de Tarapacá». Inexpugnable océano rodeando mi cuerpo y melena larga. Insondable sensación de libertad a sólo metros del hogar, cuyo origen deviene del año 1968, llamado «Remodelación El Morro». Eran los edificios modernos de la época, cinco pisos y distribuidos por la explanada del litoral, cerquita del mar, ese que Iquique me sabe dar. En playa Bellavista, donde aprendió a nadar Anita con su papá, los mariscos se aclaraban con el astro Rey en los pies, pareciera que la estrofa del Twist del Esqueleto se repetía una y otra vez amamantando la orilla de los baños Bellavista, cuya escalera sobrevivió hasta la década de los 80.
Se picaba finito una cebolla llorona y se mezclaban con locos, lapas, almejas y erizos y choros. Los más avezados se sumergían en las profundidades para capturar pulpos y pejesapos gordos.
Mamá llegó por esos años siendo una chiquilla inquieta de la calle Orella, con unas ganas inconmensurables de viajar al Viejo Mundo, después de terminar la secundaria con Ayita y Anita Carvajal. ¿De qué estaría arrancando mamá, tan lejos de su ciudad natal? Si aquí tenía un aire fresco pululando del océano, un cielo harapiento para vislumbrar las quintas, lecherías, el Longino y el Puerto. Estaba a la mano, cualquier destino descrito por un niño. Vivíamos en una aldea, una comarca, la solidaridad por el prójimo se desplegaba sin miedo a nada. Transitaban artistas y parroquianos; el chute, el cojo y el pate cuete, inofensivos a su andar, intensos al hablar. Los combos iban y venían después de una mocha, luego, con la garúa del invierno boliviano, se limpiaban los techos y los malos presagios de los morrinos; hijos de la caleta y la pampa salitrera. Aquí, la vida de barrio define la identidad de cada habitante, toda vez, que uno primero aprende a nadar y después a caminar. Vida sencilla, cocinando un perol en una roca, recibiendo los rayos en la espalda, salando el cuerpo con los piqueros en la poza grande, jugando a la chaya con baldes, tirando papelillo; harina y huevo en la ropa.
Lindos recuerdos que no volverán. Se tiraba agua a los vecinos, que eran muy picotas. Si andabas despistado, te llegaba un balde de agua en la cara sin aviso. Se elegía la reina del carnaval y la quema del mono sin cesar, con comparsa y disfraces para llamar la atención del Rey Momo. El Morro siempre competía con el barrio Colorado, pero siempre en una sana convivencia sin el demonio de la delincuencia.
Sonia Pereira Torrico
Fotografía: Carnaval Morrino, 1970.







