El niño sueña en el pequeño y hacinado lugar, haciendo acrobacias en el aire de su profunda realidad dolorosa… para ser futbolista. (Juan Lizana)
Las comunas de Independencia e Iquique han aumentado en más de 100% el número de personas que viven en piezas de casa antigua o conventillo en los últimos 15 años, según el análisis realizado por el Centro de Investigación (CIS) de Techo Chile a partir de los datos del Censo 2017.
Los conventillos fueron el sistema más recurrente en Iquique. Extensas construcciones de material ligero con un patio común de propiedad de la elite económica de la provincia. Se arrendaban por alto precio habitaciones mal ventiladas, estrechas, oscuras y con un precario o nulo acceso a agua corriente y alcantarillado.
La forma de habitación más común a la clase obrera fue el conventillo, habitación arrendada de limitadas proporciones, con poca luz y mala ventilación. El suelo era de tierra o tablas en malas condiciones, mientras que el servicio de alcantarillado era inservible y carecían de agua potable y servicios higiénicos. La palabra que sonaba ofensiva, eran los condominios de los pobres de esos años, compartían gastos comunes, baños, vivencias y costumbres juntos. El conventillo estaba repartido en el casco antiguo, había decenas de ellos, se enriquecían en favor del dueño del terreno. Conocidos son el de San Martín con Juan Martínez, otro en Manuel Bulnes con Juan Martínez, otros en Obispo Labbé con Manuel Thomson, en Juan Martínez con Manuel Joaquín Orella, Rafael Sotomayor con José Domingo Amunátegui y Patricio Lynch con Manuel Thomson, en fin, tantos.
Es bueno aclarar la diferencia entre conventillo y cité, ya que para el ciudadano común resulta lo mismo. El conventillo es una construcción precaria, una sola habitación familiar, con patio y baño común. A finales del siglo XIX todo lo que venía de Francia era admirado, la siutiquería santiaguina no podía decir que vivía en un conventillo y empezaron a usar la palabra “cité” para ocultar su realidad habitacional. El cité eran casas sociales, cada una con su baño y cocina propios, incluidas en un pasaje que las une, pobreza maquillada de solución social. Conocido es el «Pasaje Chile».
La memoria emotiva recuerda también al conventillo «El Patriota» ubicado en Rafael Sotomayor y Diego Barros Arana, el «Minero», ubicado en calle Juan José Francisco Latorre entre Bartolomé Vivar y Diego Barros Arana. «Camaradas», habitada por 24 familias y alrededor de 120 personas.
En mi barrio, el conocido conventillo «El Barril», el cual albergó familias muy humildes y honestas, eran grandes personas. Estaba ubicado en Pedro Lagos entre Arturo Wilson y Vicente Zegers («Zegers Viejo»).
A veces pienso que la frase vigente en nuestro tiempos, «Donde caben 2, caben 3» y así sucesivamente, deviene de esta forma de vivir. Debías ceder tu habitación, tu cama para la persona mayor, un adulto o dos niños acomodados en una cama, daba lo mismo dormir como gitanos, amontonados, haciendo la cola para un sólo baño y rozando el hombro cada vez que caminabas por los recovecos de la casa. Quizás porque el pasado estaba latente, atrapado en una toma o barrio de los techos planos, producto de la miseria, sin luz, sin alcantarillado, donde primaba la generosidad y la cooperación entre los vecinos. Confieso que este carril es propio, toda vez que persistentemente recibo familiares en mi casa, sin importar el espacio y la falta de dormitorios. Hemos practicado este rito desde siempre, antes que yo naciera inclusive. Acampando todos juntos en una carpa de saco y palos de coigüe frente a Chanavayita, durmiendo apretados en un dormitorio, tirando colchonetas en el living para ver una película. Que lujo, que honor el variopinto de rostros y nombres. Una olla común se realizaba en una cocina, el astro rey iluminando unos enjundiosos porotos o tallarines a la bolognesa. En la tarde, se proseguía con una cebolla finita y huevos revueltos. El pan no podía faltar en la mesa familiar, el té remojado menos y la lota de los picados para entretener artistas y parroquianos.
¡Juntos todo es posible! en una pequeña habitación o reposando sobre una colchoneta y guardar energía para el próximo día.
Sonia Pereira Torrico
Fotografía: Hernán Pereira Palomo







