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Libertad, por Sonia Pereira Torrico

3 marzo, 2024
en Columnistas
Libertad, por Sonia Pereira Torrico
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Religiosamente el verano en algún lugar del puerto finaliza con el carnaval, la challa, el día de los picados, los piqueros en Cavancha, caminatas por las plazas, el festival , el entierro del Rey Momo , la travesía náutica y uno que otro asadito con arroz y papas a la huancaína. Al nortino le gusta la juerga y la fiesta, en medio de la chusca revuelta y los compases del estremecido bronce o una mandolina melancólica del encuentro de Tunas y Estudiantinas. Muchos recuerdos de las vacaciones más extensas del año quedarán retratados especialmente en la playa, a pata pelá, mariscando y comiendo un perol con limón de pica en una roca, de playa Bellavista o la poza del zorro, donde Bertita Guzmán la gran contadora de chistes de la ciudad , engalanaba con sus santas manos, a artistas y parroquianos, una tallarinata  a los asistentes del entierro del rey Momo.

La challa es el juego de antigua tradición, que consiste en sorprender a su rival de sexo contrario y mojarlo, cubrirlo de serpentinas, coloretes y papel picado a los gritos festivos de la challa.

La historia barrial de antaño relata con alegría, la gran fiesta de febrero, el término del verano y el carnaval en los distintos barrios del glorioso puerto. Hablamos de La Puntilla, El Colorado, El Morro, Cavancha, Matadero , entre otros, dónde literalmente se tiraba la casa por la ventana. 

Antes que el carnaval fuera una fiesta regida por la organización y el poder de turno, este era una fiesta en absoluta libertad de acción, sin horario, sólo limitado por el cansancio. Mujeres y hombres daban rienda suelta a sus instintos y las ganas de volver frenéticamente a la infancia . Se sacaban las bateas, tinas, cualquier recipiente que sirviera para acumular agua y así jugar a la challa, lanzando tarros de agua y vociferar a los cuatro vientos, ¡challa!, ¡challa!. Nadie se salvaba de quedar empapado o enlodado en las clásicas calles de tierra. Ni siquiera, el ciudadano común, el cual se iba raudo a su trabajo, aunque fuese sigiloso en la ruta, indefectiblemente era atrapado por un baldazo o un proyectil (hechos con papel de seda y rellenados con harina). Ni modo, al mal tiempo buena cara y resignarse a quedar mojado como diuca, de lo contrario, venía la arremetida y podías ser lanzado sin piedad al barro. Se imaginan el bochorno y la risotada de los compañeros de trabajo ver llegar a Pedro, Juan y Diego estilando y con un olor de dudoso proceder. 

El jolgorio, los excesos , la desmesura, de los vecinos alcanza su punto más álgido el día de los picados previo a miércoles de ceniza. Aquí nadie se salva señores, los proyectiles estaban a la orden del día, los tarros de agua volaban sobre las cabezas, las bombas de harina cubrían las espaldas, huevos podridos por doquier en el cuerpo, betún para pintarrajearse, harina de pescado, hollín y unos líquidos, cuyas mezclas, mejor ni preguntar, porque te demorabas una semana es sacarte las manchas adheridas por el sol y la sal. Era una fiesta y él que se quejaba, le llegaba un doblete de harina y huevo podrido en la cabeza. Oh, como extraño la tradición de la  challa del carnaval, pura alegría y hermandad. Una semana duraba la fiesta, de calles con barro, personas estilando y  atragantados de un montón de papel picado. La calle de tierra se convertía en el templo de los vecinos, aquí sólo podía aflorar el espíritu de un niño, cuyo horario no estaba demarcado. 

El entierro del rey Momo representa el momento más importante, porque aquí se realiza la procesión por las calles del barrio, para luego concluir en el mar, dejando que el fuego se lleve la mala racha, las enfermedades y la calamidad. Se usan disfraces, máscaras, maquillajes grotescos. Es común ver a hombres vestidos de mujer exuberantes,  sucumbidos por la alegría, el llanto y el alcohol.  La viuda del carnaval es la protagonista, debe despedir al finaito, el cual es un muñeco , confeccionado por ropas en desuso. Risa, llanto, éxtasis, locura, libertad, canto, baile, son las emociones que se entrecruzan en la procesión del entierro del rey Momo, cuyo destino es morir quemado en una balsa al fondo del inexpugnable océano, escoltado de bañistas intrépidos. Los demás se quedan desde la orilla mirando como una película , una llamarada ardiente y aguardando con ansias el próximo carnaval. Debe ser  por este motivo, que se vivía el presente y el día a día, quizás por esta razón, es que siento tanta nostalgia por el Iquique que se nos fue, y no me resisto a una sociedad globalizada, que exige cortarte las alas para salir a jugar a la challa desde el despunte del alba hasta una noche estrellada.

Sonia Pereira Torrico 

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