«Es la cama cubierta de lanas, cuyo tejido se entrelaza con mi alma, bosquejo perfecto para delinear los recuerdos y el vinilo sentido con las cuerdas de una guitarra, desgarrándome, amarrándome, y protegiéndome del paso inexorable del tiempo».
Viajar hoy en día, se traduce en una actividad cotidiana, como.saludar al vecino, ir al supermercado, conducir un vehículo o realizar presurosamente un trámite en el centro citadino. En atávicas épocas , y recogiendo testimonios de la gente del puerto, se viajaba por razón especial o caso forzado; toda vez que podría ser una enfermedad o traslado de un trabajo. Bueno, en la gloria del salitre, la mayoría de los valientes pampinos provenían de la zona central, buscando un sustento y un porvenir económico. El Longino fue la máxima expresión de la conexión entre un territorio y otro, los niños del barrio El Colorado aguardaban con ansías el cielo tiznado por el tren que se asomaba al amanecer. Otros niños como José de la San Carlos, colocaba cubiertos en en el riel para evidenciar una lámina plana de metal. Eran juegos de niños, inocentes, puros y teñidos de bondad.
Por otra parte, los buses interprovinciales en los 70, vinieron a reemplazar al coloso de metal , arrojándolo en el ocaso de la pampa del Tamarugal. Un nihilismo difícil de soslayar y de fundir con otro creciente sueño, toda vez que los hijos del salitre declaman la memoria sin cesar por la señorial Baquedano. Es un hecho concreto que la nostalgia es el mejor antídoto para mantener la esperanza, que una ciudad cosmopolita se niega a reconocer. Me refiero a la vida de barrio, el lonche cavanchino, la tertulia entre morrinos y colorainos, los paseos a la boya, los vinitos dulces en el Colo, el canto estremecido en un partido, subir el cerro Esmeralda en semana santa y capear una y otra vez los tumbos de la rada. ¡Es muy loco lo que estoy diciendo!, si viajar lejos del puerto te obliga a volver como una linyera arrepentida. Que tiene este Iquique vilipendiado, enjuiciado y criticado por millares de ciudadanos, que todos vuelven al rincón donde vivimos, desnudando el gran secreto de la voz. Es el llamado del nido, la cuna de la historia que forjaron los pampinos , la gloria de deportistas, artistas, políticos y servidores públicos. Es la vida de mujeres y hombres, arrojándose a la mar, ese que Iquique me sabe dar, mariscando, pescando y preparando un perol entre las rocas silenciosas.
He visto a personas decretando un éxodo sempiterno, no obstante, los acordes de un tema de «Los Bingos» o ‘Los New Demons» calan en lo más profundo del corazón para decir con orgullo, que lindo es ser iquiqueño.
Así lo hizo mi madre hace cuatro décadas atrás, anhelando surgir y lograr expandir sus finanzas y su ardiente paciencia. Se desvaneció en el intento en pleno vuelo, las raíces de las covaderas brotaron con fuerza por sus venas. En virtud que la belleza de vivir estaba entre los cerros morenos y la playa de los sueños.
Sonia Pereira Torrico
Fotografía: Aeropuerto Chucumata







