A medida que me hago mayor, cada vez soy más consciente de la velocidad con que pasa el tiempo. De niña, las horas y los días eran largos, dilatados, y había juegos, un montón de tiempo libre y cientos de libros infantiles que leer. Recuerdo que a los ocho años, mientras escribía un poema sobre la playa, me dije en voz alta: “Ojalá tuviera la capacidad para expresar por escrito lo que siento ahora que todavía soy pequeña, porque cuando crezca sabré cómo escribir pero habré olvidado lo que se siente de niña”. ( Sylvia Plath)
Exclamé de jubilo, han pasado cuarenta años y mi alma de niña resucitó en medio de la oleada de memorias encapsuladas en algún roquerío, piedra y extensiones de arena. Mis padres después de la sobremesa del domingo, caían rendidos por la jornada de la semana y el vinito blanco, fiel acompañante de un plato de pescado frito con arroz y ensalada chilena. Que bocado más delicioso, se me despertó el apetito, de probar un pedacito, mientras cuento este relato con suspiros. Así de chiquitita, pero bien viva, observaba como se sumergían lentamente en la siesta y bueno, yo estaba con las antenas alerta a vivir una aventura con mis amigos de la playa Bellavista. Me cambiaba de ropa, me colocaba el traje de baño celeste marca Catalina y emprendía el rumbo a patita pelá, literal, pisando las sombritas, evitando quemarme por los intensos destellos del astro rey y llegar a mi destino, la poza grande de la playa. Aquí se picaba finito una cebolla llorona y se mezclaban con locos , lapas, almejas, erizos y choros. Los más avezados se sumergían en las profundidades para capturar pulpos y pejesapos gordos.
Brincaba de alegría, porque estaba ansiosa de bañarme, hacer unas chinitas y aventurarme a alguna roca para imitar a los más grandes, tirándome un piquero como en el Saladero. ¡Es niñita!, le decía un niño a otro, por ende me arrepentí y tocaba con mis manos la textura de la roca, una mezcla de algas, huiros y los curiosos potos verdes, rojos y negros. Evitaba los erizos, para no enterrarme una espina, uf la última vez mi mamá me la sacó con una pinza. En fin era feliz nadando como un marlín, espero que no me atrapé el matrimonio Marrón, que navegaron juntos por la vida y por muchos mares. Sus destinos en Chile, eran Tocopilla e Iquique, con sus litorales ya reconocidos por ser abundantes en peces de muchas especies, desde las anchovetas, hasta los merlines y albacoras.
Me devolví a la orilla y me hechiza ver a las familias almorzando o tomando tecito con pancito. Yo todavía no tenía hambre, me fui a recorrer las pozas adyacentes, y atrapar pececitos, el agua estaba subiendo, y aprovechaba de sumergirme y salir con una ola cubriendo mi cabeza. De esta manera, fui a una poza más grande, donde habían muchos niños, me sentía apretada, pero podías jugar y conversar cosas de niños como , ir a ver el entierro del Rey Momo, el regreso a clases, y en que parte vivías. Yo orgullosamente decía del Block A – 2 , departamento 104. Siempre me quedaba acompañada de una amiga , y terminábamos juntas con su familia. La amabilidad del nortino se notaba a flor de piel, te convidaban un tecito y un pancito, a esas alturas ya tenía hambre. Siempre me gustó escuchar las historias de adultos en relación a su infancia, anécdotas y barrios. Unos se bañaron en la playa el Colorado, Acapulco la nombraban por la quietud de sus aguas y cristalinas, la cantidad de pescado, el cual lo sacaban casi casi con la mano. Una señora contaba que su mamá trabajó de Redera y Chamaya en la pesquera en Cavancha, para llevar el pan a su casa, y otra hablaba de su mamá en El Colorado recurría a sacar los potos verdes a las gallinas, para luego cocinarlas como almuerzo. También contaban que antes de la Piscina Alcalde Godoy, estaban los baños La Serena y que guardaban hermosos recuerdos en los baños La Gaviota. Que fascinante historia , escuchar que practicaban basquetbol, fútbol, atletismo en clubes deportivos y que al regreso de cada competencia, las socias y madres de los deportistas preparaban un enjundioso picante de guata con pata para reponer energías y colorear las mejillas como frutillas.
¡Era hora de regresar a casa!, mamá se tiene que haber despertado de la siesta, debe estar buscándome y yo sin señales. La última vez fui a dar una vuelta en bici a la Intendencia y no le avisé, tampoco lo hice años más tarde, yendo a La Tirana, en una micro, con mis ojos conectados con el desierto, buscando aventuras y más historias bajo el cielo de Iquique.
Sonia Pereira Torrico








