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Y fueron felices para siempre, por Sonia Pereira Torrico 

30 marzo, 2025
en Columnistas
Y fueron felices para siempre, por Sonia Pereira Torrico 
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Desde la trinchera de mis recuerdos y mis evocaciones al tiempo; reviso libros, fragmentos inconclusos , poesía rota , canciones no aprendidas y promesas que no se cumplieron. He sido tan feliz en la vida, pero también desafiada un constante insistir. Vivir la rueda de la fortuna en una constante vorágine, me ha convertido en una mujer con luces y sombras. La única cinta de la historia es simplemente la estela de los cariños y amores,  esos bajitos que golpean despacito la puerta y a veces muy fuerte en el pecho, para ser sentido y remecido de principio a fin en un presente cada vez más dinámico y fugaz como la estrella de los deseos.

Corría la década de los ochenta, la banda sonora por excelencia en casa era el grupo ABBA. El alba nos sorprendía con una tierna «Chiquitita» y en la tarde los rayos del sol eclipsában con un movido «Dancing Queen». Las últimas horas de luz cerraban la puerta del palacio con un esperanzador «Gracias por la música». Mi casa; hermosa, anclada en uno de los barrios junto al Colorado y el Matadero, más antiguos de mi glorioso amado. Desde mi adorado «Barrio El Morro» se podía vivir en comunidad, saludar y conversar con kokoa, Chicorita, Luis Morín, Luis Navarro, la tía Carmen, el tata del Renzo, el Monje, los papás de la Sole, el tío Hugo , la tía Ángela, la señora Ginita, el Lucho y la señora Doris, con los cuales iniciabas todos los días una práctica normal y amorosa, antes de ir a jugar a la casa de las rocas. En fechas especiales como «Fiestas Patrias» y «Navidad», la «Junta de vecinos» organizaba juegos y una fiesta colorida para todos los niños del barrio. Como no recordar la carrera de ensacado, la cuchara con el huevo, la carretilla, tirar la cuerda, campeonato de baby y la gymkana. ¡Dios! buscar esa moneda al interior de la harina, era un soberano parto. No obstante, la pasábamos tan bien y como no, si en cada celebración se entregaba una bolsa de dulces y regalos. 

Con mi hermano no usábamos la micro , menos un colectivo. Caminábamos por la costa en dirección a  «La Puntilla», » Zofri» y la ‘Jorge Inostrosa» . Al sur íbamos por «Plaza Prat», «Bellavista», la «Intendencia’, la «Poza del zorro» y la incomparable «Cavancha» del poeta Óscar Hahn. No existían límites para estos dos aventureros .Como sí fuéramos parientes del señor Vitalis, en compañía de un par de perros, toda vez nos escoltaban hasta llegar a la casa de la tía Nona en la George . Entrábamos por el patio trasero, un perro negro enorme nos recibía con un estruendoso «Guau». Los cabros del pasaje «Las Cabras», nos invitaban a jugar a la pelota en las polvorientas calles de tierra. Intrepida devolví varios chutes al equipo contrario. Nunca mirábamos la hora para regresar, jugando en completa  libertad en dirección al sol. De la nada aparecían los perros y nuevamente nos acompañaban en dirección a casa. En el camino por el litoral, hicimos amistades con mendigos y vagabundos; hijos del salitre. Muchos fueron calicheros y derripiadores  , pero por la mala fortuna de la vida se ahogaron en eternas copas de alcohol. 

«La casa de las rocas» era mi segundo hogar, junto al inexpugnable océano. Mi patio y el de todos, el cual brillaba como el manto de velos que cubría los techos planos. El Pituto; un personaje muy querido, actuaba como interlocutor entre los vecinos, como por ejemplo , dar aviso que mamá estaba llamando para tomar tecito. ¡Toño apúrate!, advertía, llegó el Tata de la Pampa, y quién llega primero le saca los calamorros. 

En el block A-2 , depto 104,  se respiraba un ambiente único y familiar . Mi tata descansando de la faena en el sillón de mimbre, mamá sirviendo el tecito con hierba Luisa en la mesa larga, el piano sublime de ABBA se escuchaba a través de un solitario parlante, el televisor Daiko en espera para la hora de 60 minutos, los muebles sencillos, los porta maceteros de lana tejidos por mamá. ¡Uf! me quedo sin palabras en este texto; un nudo se hace en mi garganta. Las persianas  separaban a la familia del glorioso.  Amaba la ampolleta vetusta amarilla colgada en la cocina, leer las aventuras de Tom Sawyer , sentir el olor a mango y naranja en la frutera, jugar con el perro regalón meneando la cola y cantar cumpleaños feliz con mis amigos.

 El mar mece la barca de mi infancia,  fórmula perfecta de eso que llaman felicidad y que hoy desde la trinchera de mis recuerdos , los traigo a la mesa larga de este domingo, y del cual no quiero huir.

Sonia Pereira Torrico 

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