Hoy, 28 de enero, es una ocasión propicia para volver la mirada a la figura de Santo Tomás de Aquino, pensador del siglo XIII cuya obra sigue dialogando con nuestro tiempo, casi ocho siglos después.
Gilbert K. Chesterton lo describía como un hombre corpulento, silencioso y abstraído. Sus compañeros, al ingresar a los dominicos, lo apodaron el “buey mudo”. Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula cuando, al final de un curso, Tomás expuso una síntesis brillante, profunda y coherente, sin recurrir a libros ni apuntes, dejando atónitos a sus pares y admirado a su maestro.
Nacido en 1224 en Roccasecca, Tomás de Aquino dejó una huella indeleble en la filosofía occidental. La vigencia de su pensamiento se refleja en los numerosos estudios, publicaciones y congresos dedicados al autor de la Suma Teológica.
En una civilización que necesita con urgencia pensamiento crítico y diálogo auténtico, Tomás de Aquino sigue siendo un referente necesario. Volver a él implica recuperar la confianza en la razón, la esperanza en el ser humano y la búsqueda de la verdad como fundamento de una vida plena.
Si nuestras instituciones de educación superior encarnan este espíritu, no solo formarán profesionales competentes, sino personas libres, críticas, justas y comprometidas, cuya vida esté impregnada de auténtica sabiduría. Para Tomás, educar no es imponer, sino conducir; no es transmitir datos, sino ejercer una verdadera caridad de la inteligencia.
El gran patrono nos diría hoy que la educación superior nació para ser un monasterio del intelecto, un taller de contemplación, una comunidad donde la amistad y el estudio se entrelazan como dos formas de la misma búsqueda. No para la utilidad inmediata, sino para el destino eterno.
Feliz día de Santo Tomás de Aquino.
Hugo Fernández Ibaceta
Director de Formación e Identidad
Santo Tomás Iquique







