Para Christina Koch, la fotografía capturada en 1968 por Bill Anders, un astronauta de la misión Apolo 8, que muestra la Tierra suspendida en la inmensidad del espacio exterior, sirvió como evidencia convincente de un mundo más allá de su entorno familiar y puso de relieve las limitaciones que la sociedad impone con frecuencia a las personas que se atreven a soñar, especialmente a las mujeres jóvenes. A partir de ese momento crucial, la aspiración de aventurarse en el espacio se convirtió en un desafío.
Transcurridos 58 años desde esa inspiradora fotografía, la exploradora e ingeniera y, posteriormente, astronauta, fue elegida para ser la primera mujer en sobrevolar la Luna, un hito que combina la exploración científica con un mensaje claro respecto de que ningún “espacio” está restringido para las mujeres.
Este 11 de febrero, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, adquiere un nuevo impulso a través del ejemplo de Koch. Su trayectoria demuestra que las capacidades no son cuestión de género, sino de oportunidad y de acceso a entornos que fomenten el talento. La misión Artemis II, más allá de sus objetivos técnicos y científicos, representa una oportunidad para cuestionar nuestras estructuras educativas y culturales, preguntándonos ¿cuántas niñas pierden la posibilidad de imaginar lo que podrían llegar a ser por falta de referentes visibles, recursos o apoyo?
El hito de enviar a la primera mujer y también a la primera persona de color, Victor Glober, a sobrevolar la Luna es una reivindicación histórica para aquellas niñas y jóvenes que quisieron tomar el camino de las STEM, pero no pudieron porque su entorno las limitó. Cada avance de Koch y de otras como ella, es un recordatorio de que los obstáculos que enfrentamos las mujeres en la ciencia no tienen nada que ver con capacidad y más bien nos hablan de invisibilización, expectativas limitadas y falta de oportunidades. La ciencia requiere rigor y disciplina, pero también audacia y la disposición a mirar lo desconocido y a sostener la convicción de que explorar vale la pena, incluso cuando nadie más lo ha hecho antes y esa capacidad no tiene que ver con sexo o género.
El impacto de este momento no se mide exclusivamente en el éxito de la misión o en preparar el alunizaje de Artemis III. Se mide, además, en la inspiración que genera, en la posibilidad de que otras niñas reconozcan que la ciencia no es un terreno cerrado, sino uno abierto a quienes se atreven a mirar más allá.
Ampliar la diversidad es un imperativo para el progreso del conocimiento. La perspectiva de quienes han sido tradicionalmente excluidos enriquece las preguntas que formulamos, las interpretaciones que hacemos y la forma en que enfrentamos los desafíos que la humanidad comparte.
¿Cuántas niñas estarán soñando en este minuto en ser como ella?, ¿Cuántas tendrán una foto, una película, un libro o un videojuego que las haga imaginar un futuro ligado a la ciencia y la tecnología?, ¿Cuántas llegarán a cumplir su sueño? Como muchas otras a lo largo de la historia tenemos un nuevo ejemplo a seguir y una prueba de que sí podemos, no importa cuál sea el desafío.
Por Lilian San Martín Medina
Directora de Gestión de Operaciones Académicas
Directora de Gestión de Operaciones Académicas







