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Donde la tierra sujeta y el viento despierta

17 febrero, 2026
en Columnistas
Donde la tierra sujeta y el viento despierta
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Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo y dramaturgo

A mediados de los años sesenta, al egresar de la Escuela Pública N.º 3 de Iquique, recibí un regalo que dejó una huella perdurable en mi vida: On Panta, de Mariano Latorre, exponente del criollismo y Premio Nacional de Literatura en 1944. Más que un libro, era el afecto de mi maestro, René Maldonado, un gesto que aún conservo.

Con el tiempo, ya dedicado a las Ciencias Sociales, nuevas lecturas me permitieron profundizar en la realidad de los trabajadores del norte y del centro-sur de un país atravesado por profundas asimetrías. Comprendí entonces que aquella obra contenía una clave para entender dos formas de habitar la inequidad en el Chile de comienzos del siglo XX.

La nación parecía fragmentada no solo en dos geografías, sino en dos modos de relacionarse con el territorio. En la zona centro-meridional, el campesino permanecía sujeto al fundo bajo la lógica de la hacienda; en el Norte Grande, miles de obreros transitaban por el desierto salitrero impulsados por la necesidad. Dos escenarios, dos economías, una misma matriz de dominación. Y fue la literatura la que fijó, con distintos matices, la memoria de ese contraste.

En On Panta, el ámbito rural se configura como un espacio orgánico donde paisaje e identidad se funden. El trabajador agrícola no solo cultiva la tierra: la habita, la hereda y la respira. Su existencia está determinada por el régimen agrario tradicional, por la presencia del patrón y por una jerarquía asumida como natural. Hay precariedad y subordinación, pero también vínculo territorial y continuidad generacional. El criollismo no formula una denuncia explícita; sin embargo, deja al descubierto el entramado que sostiene ese sistema. El entorno aparece como destino, y el hombre de campo parece condenado a permanecer en él.

En la región salitrera, la lógica productiva era distinta. El modelo del nitrato operaba bajo un capitalismo extractivo de enclave, basado en el pago en fichas, las pulperías y la estricta vigilancia empresarial. El obrero no pertenecía al lugar: llegaba, lo ocupaba y muchas veces lo abandonaba o era expulsado. La Oficina Salitrera era campamento y centro productivo, un asentamiento desmontable. No había arraigo; había mera subsistencia.

Esa condición dio origen a una conciencia proletaria que marcaría la trayectoria social del país. El episodio más dramático fue la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique, en 1907, cuando el Estado reprimió una huelga de trabajadores que exigían mejoras salariales y condiciones laborales dignas. La pampa, lejos de inmovilizar, propició la organización colectiva, aunque a un altísimo costo: la vida de cientos de obreros.

Pero también la planicie árida fue modelada por la narrativa y la memoria cultural. En la prosa y la poesía social del siglo XX, esa zona dejó de ser solo escenario productivo para convertirse en símbolo de desamparo y resistencia. El pampino aparece no como trasfondo, sino como sujeto colectivo de la historia, marcado por el viento y la conciencia compartida. Si el criollismo fijó al campesinado en el ámbito rural como destino, la literatura nortina configuró al trabajador del salitre como emblema del tránsito y del conflicto, otorgándole una dimensión épica y trágica.

Si se comparan ambas regiones bajo un mismo esquema de sometimiento, puede afirmarse que el hombre del agro estaba arraigado pero subordinado, mientras que el salitrero vivía desarraigado, aunque políticamente más lúcido. Uno dependía del hacendado; el otro, de la compañía. Ambos compartían condiciones de opresión, aunque bajo modalidades distintas. El campo reproducía una estabilidad jerárquica; la zona minera incubaba tensión y conflicto.

En este marco comparativo, Pantaleón Letelier, protagonista de On Panta, adquiere un sentido simbólico más profundo. No es solo un personaje pintoresco, sino la encarnación de la autoridad patriarcal del mundo latifundista. Su obsesión por cazar al puma puede leerse como metáfora de la voluntad de dominio sobre la naturaleza y sobre la comunidad, así como de una masculinidad asociada a la fuerza y la violencia. El paisaje descrito por Latorre, con intensidad casi épica, moldea el carácter de sus habitantes y refuerza la idea de que la inequidad forma parte de un supuesto equilibrio natural.

Sin embargo, mientras el hacendado ocupa el centro del relato, los trabajadores rurales suelen aparecer como trasfondo colectivo. Esa disposición narrativa refleja la jerarquización social del período: el campesinado no era un sujeto político visible y su experiencia rara vez se convertía en protagonista. La escritura reproduce así la distribución desigual del poder simbólico.

Desde una mirada contemporánea surge entonces una pregunta inevitable: ¿es On Panta una crítica al sistema rural o su idealización literaria? El texto revela la rudeza y la violencia del régimen semifeudal, pero también transforma ese universo en materia narrativa de tono casi mítico. No formula una denuncia directa, aunque sí expone sus mecanismos internos.

En definitiva, la obra puede leerse como un testimonio cultural que fija en la memoria un momento histórico en que el mundo campesino permanecía atrapado entre tradición, pobreza estructural y dependencia. Frente a esa permanencia forzada, el desplazamiento salitrero configuró otra modalidad de inequidad. En el centro-sur, la hacienda sujetaba; en el extremo norte, el mercado marginaba.

Más de un siglo después, las huellas permanecen. En el sur, el suelo conserva antiguas obediencias; en el desierto, el viento aún repite nombres que la historia quiso silenciar. Dos geografías, dos formas de soportar la injusticia: permanecer o desplazarse; heredar o sobrevivir.

Aquel volumen recibido en mi infancia no era solo una narración rural: era una puerta hacia un país fragmentado entre arraigo y desarraigo, entre dominantes y dominados, entre silencio y clamor.

La historia no se borra; se asienta en el paisaje y en la conciencia. El sur inmovilizó cuerpos. El norte despertó organización. Entre ambos extremos, Chile continúa interrogándose.

Y mientras esa pregunta siga abierta, la literatura persistirá como memoria viva: no para embellecer la herida, sino para impedir que el polvo la cubra.

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