Restaban los últimos petardos de febrero. Las vacaciones estaban terminando y volver a ver las caras de sus compañeros del liceo A-11 la tenía entusiasmada, a pesar de todo. Casi tres meses sin jugar al luche, al elástico, al cordel, al bachillerato ni cantar las canciones de Mazapán en los recreos de ese gran patio que parecía un pequeño reino. Había pasado a tercero básico y cruzaba los dedos para que la señorita Diana fuera su profesora jefe.
El barrio olía a fiesta, a carnaval. Desde los distintos sectores, hombres, mujeres y niños se organizaban para la challa y el entierro del Rey Momo. En su block, los cabros decidieron llevar bombas de agua y huevos. Sin embargo, corrió el rumor de que en el block A-1 preparaban mezclas extrañas, de olor insoportable. La vecina Ginita aseguraba que era pescado podrido traído desde las pesqueras, las mismas que habían contaminado la playa de sus abuelos, El Colorado.
La batalla sería en playa Bellavista, donde aprendió a nadar la amiga de su mamá, Anita Carvajal. Lanzarían huevos, harina y bombas de agua. También mucho papelillo para despedir al rey y crucificarlo con fuego en el fondo del mar.
Pidieron diarios viejos al Lucho del kiosco y los picaron finito. Cien bombitas quedaron listas para el ataque en el último carnaval del verano. Aunque sentía un poco de miedo, recordaba que el Chicora le había dicho a su tata en la Panadería Castillo que los morrinos eran especiales y muy valientes. Y ella quería serlo.
¡Comenzó la fiesta!. Las calles aledañas vibraban y en la playa no cabía un alfiler. Las comparsas bailaban con colores encendidos y los bronces estremecían el corazón sin explicación. El pueblo celebraba orgulloso, el derecho de ser morrino. Gritos, risas, lakitas, la viuda acompañada por la multitud hasta el mar para quemar y expulsar al Rey Momo.
De pronto, un huevo le estalló en la cabeza. Se escondió entre las rocas de la Poza. Sintió un dolor punzante, una espina de erizo clavada en la planta del pie derecho. Cojeando, llegó hacia la señora de los huevos cocidos y berlines.
La mujer tenía tres niñitas y una guagua recién nacida en coche. La pequeña la miró con ternura. Se llamaba Isabel, como Isabel Pantoja, dijo la madre con orgullo.
Entonces los vio acercarse, los cabros del block rival. La risa del Chocolo le congeló la sangre. Sus amigos habían desaparecido. Las siluetas avanzaban con una mezcla de juego y amenaza que sólo los niños entienden.
La mujer se puso de pie, firme como muralla frente al mar.
—¡A la guagua no la tocan!
Hubo una risa breve, casi desafiante. Pero nadie cruzó esa línea invisible que la madre había trazado con la voz. La niña sintió que aquella frase era un escudo, una bandera. En ese instante comprendió algo que años después volvería a leer en un libro, que escribió Antoine de Saint-Exupéry, “Todos los adultos fueron niños alguna vez, aunque poco lo recuerdan”. Y allí, frente al mar, esos niños estaban aprendiendo sin saberlo, el juego y el respeto.
La abrazó con fuerza y salió corriendo detrás del Rey Momo y el bronce estremecido. Encontrarse nuevamente con sus amigos, en medio del bombo y la espuma, fue como recuperar el alma al cuerpo. Chapotear, reír y seguir jugando fue despedir un verano ochentero con más tradición de la cultura iquiqueña.
A sus ocho años no sabía que estaba guardando un tesoro en lo más profundo de su corazón.
Sonia Pereira Torrico
Foto de Hernán Pereira Palomo
Balsa con el Rey Momo, Barrio El Morro.
Libro: Celebrar la vida, Iquique y sus Festividades.







