Hay historias que no comienzan en un escenario, sino en la intimidad de un hogar, frente a un televisor encendido y en los juegos simples de la infancia. Así comienza la vida de Anita.
La danza llegó a su vida cuando aún era pequeña, como una forma natural. Sus padres la impulsaban, su abuelita Ana la miraba con ternura, y en ese gesto cotidiano se iba sembrando algo más profundo que un pasatiempo. Anita bailaba sin saber que ese impulso ya era su destino. Junto a su prima Alicia, cómplice de juegos y sueños, transformaban cualquier espacio en un escenario. Repetían coreografías aprendidas en el colegio, inventaban mundos con cartones, y bailaban al ritmo del cha ku cha o “Pelo suelto”. Pero como en toda historia, hubo fácil. La delicadeza de los movimientos exigía paciencia, disciplina y entrega. La danza se transformó en un espacio donde el estrés desaparecía y el cuerpo comenzaba a hablar más allá
Anita estudió en la Universidad de Antofagasta y, ya titulada, regresó a Iquique. La vida laboral trajo exigencias, pero también la necesidad de volver a su pasión. Fue entonces cuando retomó con fuerza la danza, guiada por la profesora Adriana Campos en el Club Norteamérica. Ahí no solo aprendió técnica, aprendió a sentir, a habitar la danza.
Danza árabe, egipcia, oriental, el baile con velo… cada forma era un nuevo idioma. Y poco a poco, Anita comprendió algo esencial: no existe un cuerpo perfecto para bailar, existe un cuerpo dispuesto a expresar.
Desde entonces, su camino se expandió. Viajó, participó en encuentros en Santiago, conoció a grandes maestras. Y sin darse cuenta del todo, comenzó a transformarse en lo que alguna vez soñó. Porque para ella, bailar no es ejecutar movimientos, es abrir portales.
Uno de sus momentos más significativos no fue un premio, sino bailar frente a su familia, ser vista por quienes la vieron comenzar y ser acompañada por su maestra.
Con el tiempo, Anita entendió la danza también como un espacio terapéutico. Un lugar donde el cuerpo se ordena, donde el arte y la disciplina se entrelazan hasta volverse una forma de vida.
Sobre el escenario, Anita no se exhibe, se revela, se despoja de todo para mostrar lo único que importa…la danza. Y el público lo siente, porque el arte verdadero no se explica, se reconoce.
Esta bailarina iquiqueña es inspiración para otras niñas que, como ella alguna vez, sueñan frente a un espejo o un televisor.
Anita avanza de Iquique hacia el mundo. Su historia sigue expandiéndose, como un movimiento que no termina, como una música que aún no deja de tocar.
Porque cuando Anita baila, se mueve el cuerpo… y también el alma.
Sonia Pereira Torrico
(Foto aportada por la columnista SPT)







