¿Quién no guarda en la memoria al querido Supermercado Palmira?, junto al Rossi, fue parte de esos lugares profundamente iquiqueños que acompañaron toda una época, dejando huella en la vida cotidiana de la ciudad. Sus puertas estuvieron abiertas hasta el año 2000, cuando un cambio de propiedad marcó el fin de una era, pero no de su recuerdo.
Pero antes del Palmira, estuvo el recordado Supermercado Decer. Y antes del Decer, Coopenor. Por esos años, en el sector sur, donde el diablo perdió el poncho, el Supermercado Cofrima se hacía presente, para luego transformarse en el Marmentini Letelier. Posteriormente, se instaló el Blockbuster, reemplazando a los míticos video club.
En el Palmira del centro se recuerdan los almuerzos de salmón con arroz, papas y ensalada; los perniles listos para servir y el infaltable pollo asado. Y cuando era Decer, aparecen las figuritas de He-Man en los envases de pasta dental, las galletas Museo y la Morocha en caja.
Al frente, un aroma irresistible comenzaba siempre a envolverlo todo, me refiero al café recién hecho, pan horneado y galletas artesanales del Café Diana. Más arriba y no quiero dejar de nombrarlo estaba el supermercado La Vega, en Sargento Aldea al llegar a Amunátegui, muy cerca de la agencia de buses Tramaca.
Cada supermercado tenía una alta dotación de cajeros y empaquetadores, reforzando esa atención cercana de antaño que venía desde los almacenes de las oficinas salitreras y que, al llegar al puerto heroico, se transformó en identidad.
Paralelamente, funcionaban los despachos de barrio, atendidos muchas veces por chinos, o por vecinos entrañables como don Mateo, en calle Juan Martínez con Bolívar.
¡Qué felicidad siente mi corazón!, ir a comprar con la bolsa de género exclusiva del pan… y llevarse de yapa esas pastillas envueltas en papel café.
¡Oh!… y los jingles. El del Palmira, imposible olvidarlo: “Creciendo, cada día seguirá creciendo nuestra amistaaad… Palmiraaaa… Palmira más…”.
¡Mientras tarareo!, voy comiendo una galleta Museo. Y aunque mi mamá prefería conversar, comprar y fiar en el almacén del barrio, los supermercados al igual que las ferias se transformaron en espacios cotidianos, donde todos éramos conocidos y amigos.
Oh, el viaje hace una pausa.
—¡Vamos por nuestras galletas! —exclaman dos niños saliendo del colegio. Sus ojos se abren por las codiciadas galletas museo.
Brincaban por la calle como Remi y sus inseparables amigos: Capi, Servino, Dulce y Corazón Alegre. Recorrieron calle Tarapacá, pasando por Sacco Deportes, Vildoso, La Joven Ideal, Farmacias Victoria y el kiosco de don Manuel González.
Finalmente, se detuvieron en un paradero.
Allí, sentados, compartieron las galletas más ricas del mundo. Y entonces uno entiende algo, que los lugares cambian, los nombres desaparecen, las vitrinas se apagan, pero lo vivido no se borra jamás.
¡Porque la memoria no cierra jamas sus puertas! Porque el corazón siempre encuentra el camino de regreso a casa.
Sonia Pereira Torrico
Fotografía extraída de la web







