Señor Director: La primera vez que vine a Iquique fue en 1979. Sabía de la Playa Cavancha por mi padre, quien cumplió con su servicio militar en el Regimiento Carampangue. El me habló de una playa que estaba en la misma ciudad y que era maravillosa.
Cuando vine esa vez, en 1979, comprobé que era verdad. No tenía idea que unos tres años después estaría trabajando en Iquique, donde me quedé para siempre.
Pero algo cambió. La Playa Cavancha no es lo que fue. Esta se veía desde el camino y nada la tapaba. Desde donde está el edificio Atalaya se veía hasta El Saladero, es decir, hasta la caleta Cavancha.
Hoy, al pasar por la avenida costanera, un montón de palmeras, plátanos (especies que no son nativas de la zona) más unas edificaciones rascas a partir de Cuarta Sur (hoy Diego Portales) hasta la entrada a la península no se ve la playa, que era el mayor encanto de Iquique. Frente al exRegimiento Granaderos comienza un enjambre de plantas, un rasquerío llamado Palacio de los lobos, una piedras pegadas no sé con qué, un corral de llamas y un maloliente lugar donde había o hay unos yacarés, taparon la cancha «Dragoncitos» y desapareció el Casino San Remo, dando paso al Dreams que más parece un bunker que por las noches queda en oscuridad total con un estacionamiento último. Todo mal.
Con tantos viajes que hicieron los concejales, a través de los años, según ellos para ver maravillas en otros países y aplicarlas aquí, como no vieron que Río de Janeiro jamás tapó sus playas porque es su mejor inversión.
Ojalá con nuevos aires, volvamos a ver Cavancha, empezando por dotar el sector de mayor seguridad, ahuyentando a los «patos malos», las parrillas al aire libre, la venta de tragos «camuflados», etc.
Benito Toro G.







