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La casa del hombre elegante, por Sonia Pereira Torrico

7 junio, 2026
en Columnistas
La casa del hombre elegante, por Sonia Pereira Torrico
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Mucho antes de llamarse Vivar, esta arteria vital del comercio iquiqueño llevaba el nombre de Ayacucho, en tiempos del Iquique peruano. Nacía junto a la Estación del Ferrocarril Salitrero y durante generaciones concentró el comercio, las conversaciones, los sueños y la vida social de la ciudad. Por sus veredas desfilaron obreros, comerciantes, estudiantes, enamorados y familias enteras que hicieron de esta calle una verdadera columna vertebral de la memoria colectiva.

Una época en que caminar por Vivar era mucho más que comprar. Era simplemente, asistir a un ritual de la vida cotidiana, encontrarse con los vecinos, detenerse a conversar, ponerse al día con las noticias del barrio y sentir que la ciudad de los techos planos era  una gran familia. 

Las vitrinas brillaban como pequeños escenarios y cada negocio guardaba una historia. Detrás de cada mostrador había hombres y mujeres que llegaron al puerto con una maleta cargada de sueños y terminaron convirtiéndose parte de la identidad iquiqueña.

Y bueno en medio de aquel paisaje urbano, nostálgico y sentimental se levantaba orgullosa y estoica la Tienda Vildoso… «La casa del hombre elegante». Bastaba leer su eslogan para comprender que allí no solamente se vendía ropa, se vendía calidad, confianza y prestigio. Detrás de sus mostradores estaban don Ernesto Vildoso y su querido hijo Tito, hombres amables y cercanos, de esos comerciantes que conocían a sus clientes por el nombre y que transformaban una compra cualquiera en una conversación sin horario.

Tantos padres entrando a la tienda con sus hijos de la mano, mientras elegían una camisa  o un traje. Allí estaban don Ernesto, don Samuel, que parecían conocer tan bien la ciudad y sus habitantes. Porque en aquellos años no solamente se compraba, también se compartían recuerdos, alegrías, preocupaciones y proyectos de vida.

En Tienda Vildoso se compraban prendas nacionales de excelente calidad. Casimires, telas finas y aquellos inolvidables trajes de baño Catalina que lucían las reinas de belleza de la época. ¿Quién no recuerda aquellos modelos que popularizó Cecilia Bolocco? Eran tiempos hermosos, en que las cosas duraban años. La industria nacional era motivo de orgullo.¡Qué lujo!

¡Qué honor! La palabra valía tanto como la garantía y un apretón de manos tenía más fuerza que cualquier contrato.

Y junto a Vildoso convivían nombres que todavía provocan suspiros de nostalgia, Tienda Sacco, Casa Malagarriga con sus zapatos de cuero auténtico, Farmacia Victoria con aquellas vitrinas llenas de figuras de plumavit que fascinaban a los niños, Café Vialex, Il Sorpasso, O Stadio, Helados Frico y tantos otros comercios que siguen viviendo en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de conocer aquel Iquique.

Hoy el tiempo parece caminar con otro ritmo.

Todavía quedan algunos resquicios de aquel aire familiar que caracterizó al comercio iquiqueño, pero cada año son menos. Las antiguas vitrinas han sido reemplazadas por edificios , farmacias, supermercados o malls chinos. Y entonces a uno  se le aprieta en el corazón, porque ya no están los comerciantes que hicieron de sus negocios una extensión de sus propio hogar y corazón.

Tampoco está nuestra querida señora Nina, la amable mujer que durante años atendió en el emblemático kiosco Don Manuel González. Siempre tenía una sonrisa, una palabra cariñosa y la disposición de escuchar las alegrías y las penas de quienes se acercaban a comprar el diario.

Porque no estamos hablando de tiendas simplemente, hablamos de personas, de familias, de hombres y mujeres que hicieron del comercio un acto profundamente humano.

¿Y ahora a quién le voy a comprar el traje de baño Catalina?

Quizás la respuesta viaje en el viento que recorre calle Vivar,  allí donde todavía resuenan, muy bajito, las canciones de otro tiempo y el eco inolvidable de la Tienda Vildoso, la eterna casa del hombre elegante.

Sonia Pereira Torrico

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