Necesitaba mirar la ciudad en silencio. No para contar árboles caídos ni medir el barro acumulado en las veredas. Necesitaba entender qué había ocurrido…
Durante seis días recibimos la copiosa lluvia anunciada para la Región de Coquimbo, el rugido feroz del viento y las intensas marejadas golpeando la costa. Hoy el sonido es otro, palas removiendo escombros, camiones repartiendo agua potable, Fuerzas Armadas, Bomberos, personal municipal, Carabineros y civiles desplegados. Y las conversaciones de vecinos susurrando, casi en voz baja, lo que había sucedido.
Hay una frase que repetimos casi por inercia, «Chile es un país de terremotos». Pero mientras caminaba por las calles de La Serena comprendí que esa afirmación nos queda pequeña.
Chile también es un país de quebradas, de ríos, de cordilleras, de marejadas, de temporales, de incendios, de volcanes y de desiertos. Somos un territorio donde la naturaleza cambia de lenguaje según el clima y la geografía.
En Iquique aprendimos a convivir con terremotos y tsunamis. Basta recordar el terremoto y maremoto del 13 de agosto de 1868, cuyas olas alcanzaron alturas cercanas a los 14 metros y afectaron profundamente a Arica, Iquique y gran parte del litoral del Pacífico. Años después, el 9 de mayo de 1877, otro gran terremoto y tsunami volvió a golpear el norte, provocando incendios y una enorme devastación. Y, más reciente, el 1 de abril de 2014, un terremoto de magnitud 8,2 nos recordó que esa historia no había terminado.
En la zona central convivimos con incendios forestales. En el sur, con volcanes, lluvias e inundaciones. Sin embargo, cuando la tragedia ocurre lejos de nosotros, pensamos que pertenece a otra geografía, a otra realidad, a otros chilenos.
Hasta que un día nos toca a nosotros.
El temporal que azotó la Región de Coquimbo no solo dejó 300 m.m de agua caída, quebradas desbordadas, marejadas y un río que volvió a encontrarse con el mar. También dejó familias de luto, comunidades profundamente golpeadas, como Islón y Andacollo, y una reconstrucción que apenas comienza.
Recordé nuevamente el cuento «Casa tomada», de Julio Cortázar. En él, dos hermanos sienten que una presencia desconocida va ocupando lentamente su hogar. Retroceden habitación tras habitación hasta abandonarlo por completo.
Después de este temporal comprendí que el río no estaba atacando a sus habitantes. Simplemente estaba recordando el camino que siempre había conocido.
Entonces la pregunta ya no era quién estaba tomando la casa. La verdadera pregunta era quién creyó que la casa le pertenecía por completo.
Construimos donde antes corrían las aguas. Olvidamos los antiguos cauces porque la sequía los volvió invisibles. Confundimos el silencio de la naturaleza con una despedida definitiva. Pero la naturaleza no dice adiós, apenas dice.. hasta pronto. Y cuando vuelve, lo hace porque la tierra tiene memoria.
Sonia Pereira Torrico







