Chile no puede humillarse silenciosamente ante Trump porque nuestra dignidad no se negocia. Debe responder con sabiduría, prudencia y unidad.
En el derecho internacional, los tratados se cumplen. Los tratados de libre comercio entregan certeza jurídica, reglas claras y estabilidad para las inversiones. Chile, un país pequeño y serio al fin del mundo, ha construido su política exterior sobre el respeto al derecho internacional. Es una política de Estado que trasciende a los gobiernos. Por eso firmó un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que entró en vigor en 2004, convencido de que ambas naciones respetarían las reglas pactadas.
Hoy comprobamos que, para el gobierno de Estados Unidos, los tratados son obligatorios mientras sirvan a sus intereses.
La decisión del gobierno de Donald Trump de imponer aranceles de 12,5% a la mayoría de las exportaciones chilenas constituye un nuevo golpe a ese principio. El año pasado ya había impuesto tasas del 10%, pero cuando la Corte Suprema de Estados Unidos determinó que no tenía atribuciones para hacerlo, simplemente buscó un nuevo fundamento «legal» para llegar a una tarifa aún más alta.
Lo más revelador no es el arancel. Es su selectividad.
Washington grava aquellos productos donde el costo para su economía es reducido, pero excluye precisamente aquellos que considera estratégicos para su desarrollo industrial y militar, como el cobre y el litio. La conclusión es evidente: no se trata de una política motivada por una genuina preocupación por la vulneración de los derechos humanos mediante el trabajo forzado. Se trata de una política basada exclusivamente en los intereses nacionales de Estados Unidos.
Y eso es exactamente lo que Chile debería hacer: defender sin complejos sus propios intereses nacionales con respeto al derecho internacional.
Canadá, cuyas exportaciones dependían en un 75% del mercado estadounidense, comprendió rápidamente esta realidad. Bajo el liderazgo de Mark Carney, el gobierno federal y distintas provincias impulsaron campañas para privilegiar el consumo de productos canadienses, desincentivar el turismo hacia Estados Unidos, retirar productos estadounidenses de sus mercados e incluso debatir restricciones a exportaciones estratégicas como la energía eléctrica. No fue una reacción irracional. Fue una demostración de dignidad nacional.
¿Y Chile?
Hoy, nuestra clase dirigente parece convencida de que la prudencia consiste en humillarse en silencio y esperar que la tormenta pase. Confunden diplomacia con resignación y sometimiento.
Es hora de responder y abrir una discusión para que todo Chile esté detrás de la decisión que tomemos, tal como ocurrió en Canadá. Pueden venir momentos aún más difíciles, pero la dignidad nacional está por encima.
Si Estados Unidos desconoce en los hechos el Tratado de Libre Comercio, Chile también tiene derecho a revisar su relación económica con ese país.
Propongo desde ya privilegiar el consumo de productos chilenos o provenientes de países que respetan sus compromisos internacionales. Dejar de comprar hamburguesas en McDonald’s, pollo en KFC o pizzas en Pizza Hut o Papa John’s. No hacer turismo en Miami o Nueva York y no utilizar sus líneas aéreas comerciales. ¿Seremos capaces de hacerlo?
Y comenzar a estudiar mecanismos tributarios o tarifas de exportación para minerales estratégicos destinados al mercado estadounidense mientras se mantengan medidas que perjudican nuestras exportaciones.
Toda potencia defiende sus intereses nacionales. Lo incomprensible es que algunos pretendan que Chile sea un país que renuncie a defender los propios.
No se trata de estar contra Estados Unidos. Chile y Estados Unidos tienen una larga historia de cooperación que debe continuar. Pero la amistad entre naciones no puede construirse sobre la humillación de una de ellas.
Las grandes potencias respetan a quienes se respetan a sí mismos. El presidente Ricardo Lagos lo demostró al oponerse a la guerra en Irak desde el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Chile fue respetado precisamente porque defendió sus convicciones.
Hoy pregunto si la dirigencia chilena tendrá el coraje de defender la soberanía nacional con la misma convicción con que otros países defienden la suya.
Un país que acepta humillarse en silencio ante el incumplimiento de un tratado termina enviando el peor de los mensajes: que su soberanía también está disponible para ser renegociada.
La soberanía no es una palabra vacía que se pronuncia en los discursos del 18 de septiembre o en la Cuenta Pública del 1° de junio. Es una conducta de todos los días. Se ejerce cuando un país se atreve a defender sus intereses y cuando sus ciudadanos están dispuestos a privilegiar el consumo de productos chilenos o provenientes de países que respetan sus compromisos internacionales.
Chile no puede humillarse silenciosamente ante Trump. Nuestra dignidad no se negocia. Debe responder con sabiduría, prudencia y unidad.







