La vida tranquila y las aguas mansas del puerto mecían los ríos inquietos de mi infancia y apaciguaban el frenético sosiego del corazón. Allí aprendí que la ternura también tenía un lugar donde sentarse a descansar.
La Plaza Condell del siglo pasado era un paseo entrañable, un rincón donde el aire se perfumaba con las flores que adornaban sus artísticos jardines. El paisaje era pintoresco, el respetable comercio que la rodeaba, las tres vías del ferrocarril de sangre que la atravesaban, el vasto Mercado Central y el incesante tránsito de carruajes. Con los años llegaron las góndolas y las micros, y el antiguo mercado cedió su lugar al edificio de la Municipalidad.
Abrazo con devoción el afecto que unía a todos los habitantes de aquel reino sencillo, donde nadie era un extraño y cada rostro tenía el calor de un hogar.
Recuerdo al niño Marito, ahijado del tío Chumingo, ese travieso volantín que desafiaba el cielo opalino con la alegría de quien aún no conoce las despedidas. Marito era hijo de Juan, el primo, que partió demasiado joven. También evoco a la tía Ida, hija de Rosita, la abuelita y matriarca de la familia, aquella niña del valle de Elqui que llegó en tren para florecer en el desierto. Ella fue fortaleza y ternura, vendía bolsas de género en el mercado, para llevar con amor y sacrificio, el sustento a su hogar.
Si pudiera volver, aunque fuera por un segundo, caminaría otra vez por el laberinto de las palomas perezosas. Buscaría al señor de la cámara de cajón para inmortalizar una sonrisa, mientras la brisa marina acaricia mi rostro con la misma dulzura de entonces.
Me recostaría sobre el verde de los pastos para escuchar el vals silencioso de los parroquianos olvidados. Allí, entre palmeras y bugambilias, el paraíso pintaba un óleo perfecto donde hasta las almas más cansadas encontraban descanso.
Hoy sé que ya no puedo regresar a ese tiempo divino. Solo me queda contemplar las perlas que aún adornan ese rincón de mi memoria. Sin embargo, nadie podrá arrebatarme aquello que viví.
¡Qué tiempos aquellos!, un Iquique más pequeño, donde todos eran amigos o conocidos. Se caminaban cuadras y cuadras sin sentir el cansancio; sin miedo, sin prisa, obedeciendo al ritmo de una ciudad de provincia y al sonido de la chusca mezclado con las risas. Porque fue allí, en esa plaza, donde aprendí a soñar, donde descubrí que la felicidad cabía en una tarde cualquiera, en una fotografía, en el vuelo de un volantín o en el murmullo del mar.
Y aunque el tiempo insista en borrar los caminos, seguiré proclamando, desde la prosa subterránea, que amar es un manifiesto. Un manifiesto que defenderé siempre, por el simple y maravilloso hecho de haber nacido en la tierra de mi amado Iquique.
Sonia Pereira Torrico







