Señor Director: Hay preguntas que no nacen de la simple curiosidad, sino del latido profundo de una memoria que se niega a desaparecer en el desierto. ¿Por qué Chile no puede volver a tener un tren que conecte Iquique con Santiago? No hablamos de una utopía; hablamos de un país que ya supo hacerlo y de una comunidad que aún guarda en el pecho el eco del silbato del legendario «Longino».
El Ferrocarril Longitudinal Norte no fue solo rieles y acero; fue la arteria que unió nuestro norte con el corazón de la Patria. Desde que su construcción cobró vida hacia 1914 y hasta que en 1929 se consolidó aquel histórico primer viaje directo entre Iquique y La Calera -con su natural y obligada conexión hacia Santiago-, el Longino acortó distancias, abrazó familias y trajo progreso a rincones donde hoy solo habita el silencio. Aquel 13 de junio de 1975, cuando el último tren de pasajeros partió desde nuestra estación, no solo se cerró una ruta; se apagó una forma de habitar y sentir el territorio.
Hoy, cuando ya hemos recorrido 26 años de este siglo XXI, la modernidad y la tecnología nos ofrecen herramientas con las que nuestros abuelos solo pudieron soñar. Defender la idea de un medio de transporte moderno, sustentable y digno para el Norte no es mirar con nostalgia el pasado, sino exigir futuro.
Bien lo decía el poeta: Se hace camino al andar. Es tiempo de volver a poner la mirada en los rieles, de vencer la inercia de las distancias y de atrevernos a soñar con que el norte y el centro se vuelvan a abrazar sobre la marcha firme de un tren.
Juan Pérez







