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Electricidad: el nuevo mapa del poder

14 agosto, 2026
en Columnistas
Chile tiene fiebre xenófoba, por Marcelo Trivelli
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Segunda columna de la serie ¿Petroestado o electroestado?

La historia la mueve la energía. El siglo XIX fue el siglo del carbón, el XX el del petróleo y el XXI ya comenzó a ser el de la electricidad. Pero la energía nunca ha sido solamente una cuestión económica. También ha definido el mapa del poder.

Durante buena parte del siglo XX, controlar el petróleo significó controlar una de las principales arterias de la economía mundial. Estados Unidos construyó una estrecha alianza estratégica con Arabia Saudita y otros países árabes, basada en seguridad, petróleo y relaciones financieras. Los ingresos de los países petroleros, los llamados petrodólares, regresaban en buena medida al sistema financiero norteamericano, fortaleciendo al dólar y ayudando a financiar su economía.

Las guerras, alianzas y disputas por territorios productores, oleoductos, gasoductos y rutas marítimas demostraron que quien controlaba la energía que movía la economía tenía una poderosa herramienta geopolítica.

Todavía vivimos en ese mundo. Venezuela es probablemente uno de los ejemplos más evidentes. Posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta y se encuentra en América del Sur. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y la posterior decisión del gobierno de Donald Trump de asumir el control sobre los ingresos y la explotación petrolera venezolana vuelven a demostrar la importancia estratégica que mantienen los hidrocarburos. Lo mismo ocurre con la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán y las tensiones alrededor del estrecho de Ormuz, por donde circula una parte relevante del petróleo mundial. Una parte sustancial de la seguridad y de las disputas de poder continúa dependiendo de los territorios donde se extraen y por donde circulan los hidrocarburos.

Pero mientras las grandes potencias petroleras continúan disputándose el poder en el mapa energético del siglo XX, otro mapa ya comenzó a dibujarse.

China lo comprendió antes que las otras potencias.

Sin grandes reservas propias de petróleo capaces de sostener su gigantesca economía, hace décadas comenzó a desarrollar una estrategia de electrificación. Hoy lidera la fabricación de paneles solares, vehículos eléctricos y baterías, controla posiciones decisivas en las cadenas de suministro de minerales críticos y ha construido relaciones económicas en todo el mundo para asegurar cobre, litio y otros minerales indispensables para la nueva economía eléctrica.

No es casualidad.

La inteligencia artificial, los centros de datos, la electromovilidad, la robótica, la manufactura avanzada y buena parte de las actividades que están impulsando el crecimiento serán extraordinariamente intensivas en electricidad.

El calentamiento global aceleró esta transformación. La quema de carbón, petróleo y gas es la principal fuente de las emisiones responsables del cambio climático. Por eso numerosos países han establecido metas de carbono neutralidad y están reemplazando progresivamente combustibles fósiles por electricidad generada mediante fuentes renovables.

Aquí aparece una diferencia geopolítica fundamental entre el petróleo y la electricidad. El petróleo puede extraerse en Arabia Saudita o Venezuela, cargarse en un barco y atravesar medio planeta para ser refinado y utilizado en China, Europa o Estados Unidos.

La electricidad es diferente.

Transportarla a grandes distancias requiere costosas redes de transmisión y genera pérdidas de energía. Por eso las industrias que necesitan enormes cantidades de electricidad tendrán crecientes incentivos para acercarse a aquellos territorios capaces de producirla de manera abundante, segura y barata.

Eso modifica el mapa del poder.

Durante el siglo XX las potencias buscaron controlar los territorios donde estaba el petróleo y las rutas por donde circulaba. Durante el XXI, empresas y Estados competirán por tener acceso e influencia sobre aquellos territorios capaces de producir electricidad abundante y de bajo costo.

Allí aparece nuevamente Chile.

Tenemos una de las mejores radiaciones solares del planeta, extraordinarios recursos eólicos, cobre, litio, potencial hidroeléctrico y una ubicación privilegiada frente al Pacífico. Nuestra ventaja no consiste solamente en producir electricidad limpia y a bajo costo. Consiste en utilizarla para atraer hacia nuestro territorio las actividades económicas que necesitarán consumirla.

Nunca debemos cansarnos de repetir que el valor agregado de la electricidad no se exporta: se instala donde ella se produce.

Centros de datos, inteligencia artificial, minería avanzada, desalación, hidrógeno verde y nuevas manufacturas pueden venir hacia la electricidad en vez de que nuestra energía viaje hacia ellas. Esa diferencia convierte una ventaja energética en una ventaja económica, productiva y también geopolítica.

Y esto ocurre precisamente cuando el orden internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial atraviesa su mayor transformación en décadas. Mark Carney lo expresó con crudeza al señalar el fin del antiguo orden internacional. Cuando las reglas pierden fuerza, el poder económico, tecnológico, militar y energético adquiere mayor importancia.

Chile deberá aprender a desenvolverse en ese mundo y para ello necesitamos unidad y propósito compartido: convertirnos en un electroestado. Nuestra enorme capacidad para producir electricidad limpia y barata ya no debe ser considerada solamente una ventaja ambiental o económica, sino también un activo geopolítico.

El nuevo mapa del poder se está dibujando alrededor de la electricidad. Chile tiene el territorio, los recursos y las condiciones naturales para ocupar un lugar privilegiado en él. Solo falta el liderazgo y la voluntad política para lograrlo.

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