La palabra “Kiosco” viene de muy lejos. El francés kiosque procede del italiano chiosco, y este, a su vez, del turco köşk, palabra vinculada al persa kušk, que designaba un pabellón, palacio, galería o construcción ligera.
Antiguamente, no había un televisor en casa ; celular; cable; tablet y ningún instrumento tecnológico que pudiera impedir el vuelo por la lectura. Vida de barrio y la lectura de revistas, diarios y novelas en kioscos, plazas y casas.
El suplementero se convierte en una figura habitual de las calles. No solo vende prensa, es también un punto de encuentro y conversación. El kiosquero conocía a sus clientes y muchas veces se transformaba en testigo de la vida cotidiana del barrio.
Con el ejemplar de la revista Estadio; en la tapa venía una imagen de un equipo profesional chileno. Los niños de esos años recortaban las cabezas de los jugadores; las pegaban en las calitas y las forraban con nylon. Tiempo bonito de las revistas Ritmo, Vea, el Can can, Corín Tellado, Archie, Lulú, Sussy, el Peneca, Elmer, Batman, Batman, Tom y Jerry, el Llanero solitario, el doctor Mortis, Mandrake, el Pájaro loco; perfectos para incentivar la lectura y desarrollar la imaginación. Estas se cambiaban por otras, en módicos precios en el mercado, por calle Sargento Juan de Dios Aldea.
Eran tiempos hermosos e inolvidables, donde se aguardaba el Longino, porque traía las revistas que el suplementero luego las gritaba y uno de los cabros del barrio, la compraba. Cuando Arica era Puerto Libre, los comerciantes entre Barros Arana y Amunátegui vendían mercadería importada, más decenas de revistas y libros. Otros se iban a calle Tarapacá con Vivar, donde don Manuel González a comprarle las revistas y libros colocadas en el piso. El kiosko que estaba a mitad de cuadra era una «fuente de soda» donde vendían bebidas, cervezas, plátano con leche, té, café , hot-dog y lomitos. Más allá estaba el Stand Cervantes, de don Raúl Villalobos, frente al local de los Gary.
Hoy el celular y las redes sociales hicieron que la noticia dejara de esperarnos en el kiosco. Muchos cerraron o se transformaron, pero otros permanecen como lugares de memoria, tradición y encuentro. El kiosco perdió parte de su monopolio sobre la noticia, pero no desapareció del todo, se transformó. Y algunos sobreviven precisamente porque no son solamente negocios, son parte del paisaje. Hay personas que pasan por ellos porque llevan treinta, cuarenta o cincuenta años pasando por el mismo lugar. Y eso es patrimonio vivo que conecta con los colores, los aromas y la memoria de nuestra tierra.
Sonia Pereira Torrico







