Cuando pensamos en niños, probablemente imaginamos una escena sencilla donde los vemos jugando, asistiendo al colegio, corriendo detrás de una pelota o riendo con sus amigos. En definitiva, siendo niños. Sin embargo, no siempre fue así.
Los invito retroceder hasta la Guerra del Pacífico, desarrollada entre 1879 y 1884, en la que encontramos una realidad mucho más dura. Donde infantes y adolescentes estuvieron presentes en las filas de los ejércitos de Chile, Perú y Bolivia. Algunos fueron músicos, mensajeros o auxiliares; otros ayudaron a trasladar equipajes, abastecer de municiones o acompañaron a las bandas que marcaban el paso de las tropas. Pero la guerra rara vez respeta las funciones asignadas y muchos terminaron también expuestos directamente al combate.
¿Cómo llegaron si, en teoría, no debían formar parte de los ejércitos?
Para entenderlo debemos mirar el siglo XIX con los ojos de su tiempo. Algunos se incorporaron voluntariamente, otros siguieron a sus padres o acompañaron el avance de las tropas. También estaban quienes habían quedado huérfanos y encontraron entre los soldados algo tan básico como comida y un lugar donde cobijarse. Incluso hubo niños que se embarcaron como polizontes.
Sus historias tienen nombres. Entre ellos aparecen el grumete Gregorio Araya y el tambor Gaspar Cabrales, quienes murieron siendo muy jóvenes durante el Combate Naval de Iquique. Detrás de los grandes relatos de batallas, buques y héroes existe, por tanto, otra historia mucho menos conocida, la de niños y adolescentes enfrentados demasiado pronto a una realidad que no les correspondía.
Y el problema no terminó al finalizar la guerra. Al regresar a Chile, varios de estos jóvenes quedaron en una situación de enorme vulnerabilidad. Sin reconocimiento ni protección suficiente, algunos deambularon buscando cómo subsistir. A ellos se sumaron quienes habían quedado huérfanos producto del conflicto. Frente a esta realidad surgieron iniciativas de asistencia, principalmente vinculadas a instituciones religiosas y, en menor medida, al Estado, que procuraron entregarles alojamiento, alimentación y educación.
La Guerra del Pacífico suele enseñarse a través de fechas, campañas militares y grandes personajes. Pero observarla desde la experiencia de estos niños cambia la perspectiva. Nos recuerda que detrás de cada batalla existen historias pequeñas que difícilmente aparecen en los monumentos.
Quizás por eso vale la pena recuperarlas, ya que aquellos niños no eligieron el tiempo histórico que les tocó vivir. Y porque conocer sus historias permite comprender las implicancias reales que deja una guerra.
José Pedro Hernández, Historiador y académico de Universidad de Las Américas







