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El Tío Santiago

12 octubre, 2026
en Columnistas
El Tío Santiago
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Iván Vera-Pinto Soto
Cientista social, pedagogo y dramaturgo

Para mí, el tío Santiago era el tano de la familia. Los domingos nos juntábamos en su casa y la mesa parecía no terminar nunca. Había platos, bebidas, pan, conversaciones y ese olor rico que salía de la cocina de la tía Nora. Preparaba ravioles, ñoquis y otras pastas que nos hacían chuparnos los dedos. De postre venían los picarones bañados en chancaca y, como si fuera poco, unas copas enormes de helado.

Los grandes se quedaban horas conversando. Nosotros, los cabros chicos, salíamos a jugar y volvíamos al tiro cuando aparecía el postre. Después se armaba la tremenda conversa, todos hablando a la vez. A mí me parecía que así conversaban los italianos.

El tío Santiago casi siempre tenía un cigarro entre los dedos y hablaba tranquilo, como si nunca tuviera apuro. De repente cantaba «Funiculì, Funiculà» con su voz ronca, y la tía Nora lo acompañaba, sin dejar de hacer sus cosas. Yo no entendía ni una palabra, pero me gustaba cómo sonaba aquella canción.

Al fondo del patio había un palomar. Me encantaba trepar hasta los nidos para buscar pichones. Apenas encontraba uno, se me olvidaba todo lo demás. Me acercaba despacito, como ladrón de gallinas, y estiraba las manos para agarrarlo. Pero las palomas me descubrían al tiro: aleteaban, revoloteaban y armaban un escándalo tremendo.

—¡Panchito, sal de ahí! —gritaba mi tía desde adentro.

Me hacía el leso un ratito más, hasta que salía arrancando, muerto de la risa, mientras ella seguía con lo suyo.

Muchas veces terminaba debajo de la mesa. Desde ahí veía los zapatos, las patas de las sillas y al tío Santiago contando sus historias. A veces se golpeaba las rodillas con la palma para darle más fuerza a lo que decía. Cuando me pillaba mirándolo, me guiñaba un ojo para que me quedara calladito. Hablaba una mezcla de italiano y chileno y, aunque a veces soltaba palabras que no entendía ni jota, me gustaba escucharlo.

Era de Génova, un lugar que yo no conocía ni por si acaso. Como también tenía puerto, me lo imaginaba parecido a Iquique, con barcos, muelles y hombres trabajando cerca del mar. La única diferencia era que quedaba lejísimos, al otro lado del mundo.

El tío hablaba de los astilleros, de sus compañeros y, de vez en cuando, de los años que había pasado en el ejército. Algunas historias las contaba enteras; otras las dejaba a medias. Daba una pitada al cigarro, bajaba la voz y cambiaba de tema, dejándonos con las ganas de saber más.

Una tarde, mi primo Chago, siempre más travieso, se puso a revolver el ropero. Me acerqué a mirar. Sacaba camisas, movía unas cajas y metía las manos hasta el fondo.

—¿Qué buscas?

—Nada.

—¿Y entonces qué haces?

—Déjame, po.

Siguió buscando y, de repente, se escuchó un ruido de fierro. Chago se quedó quieto y me miró. Yo también me quedé calladito, sin atreverme a decir nada.

—¿Qué fue eso?

—No sé.

Apartó unas cosas, metió de nuevo la mano y, después de revolver un rato, sacó algo largo y oscuro.

Era una escopeta.

Nos quedamos mirándola, sin saber muy bien qué hacer. Justo entonces apareció el tío Santiago. Cruzó la pieza rápidamente, le quitó el arma a Chago y la apretó contra el cuerpo.

—¡¿Qué haces con eso?!

Nunca lo había oído hablar tan enojado. Mi primo quedó tieso y yo, mudo.

—La encontré en el ropero —alcanzó a decir Chago.

—¡No quiero que vuelvas a tocarla! ¿Me oíste?

Chago bajó la cabeza. El tío llevó la escopeta hasta el ropero, la puso bien arriba y cerró la puerta. Dejó un momento la mano apoyada sobre la madera y salió de la pieza sin decir nada más.

Al rato volvieron las voces de la casa y todo siguió como si nada hubiera pasado.

Pero a mí la escopeta no se me borró de la cabeza. A esa edad, la guerra nos parecía pura diversión. Veíamos una película de soldados y quedábamos prendidos. Apenas terminaba, salíamos arrancando a jugar: cualquier palo nos servía de fusil, una caja era un tanque y detrás de cualquier muro nos agachábamos para hacerles la guerra a los otros.

—¡Pum, pum! ¡Te di!

El otro caía al suelo, muerto de la risa, y nosotros seguíamos corriendo hasta que aparecía alguna mamá en la puerta.

—¡A tomar once!

Ahí se terminaba la guerra. Soltábamos los palos, dejábamos las cajas tiradas y salíamos hechos una bala para la casa.

Una vez, mientras el tío Santiago fumaba, me acordé de la escopeta. Me acerqué y le pregunté:

—¿Y usted disparó?

Se sacó el cigarro de la boca y me miró durante unos segundos.

—Sí.

Esperé que siguiera, pero se quedó fumando, con la mirada perdida hacia un lado. Me moría de ganas de saber a quién le había disparado y cómo había terminado todo, pero no me atreví a preguntarle. En mi cabeza se mezclaban las películas de soldados, los aviones y los tiros. Entonces volvió a llevarse el cigarro a la boca y me miró de reojo.

—Anda a jugar, Panchito.

Lo dijo tranquilo, como siempre. Obedecí, pero me quedé pensando en sus palabras.

Con los años, mi mamá, la Toyita, me fue contando algunas cosas de la vida del tío Santiago. Según ella, había llegado a Iquique después de la Segunda Guerra Mundial. Aquí conoció a la tía Nora, se casó y se quedó para siempre.

Vivían en el mismo Café Derby, en la segunda cuadra de la calle Tarapacá. El negocio ocupaba la parte de adelante y, al fondo, estaba la casa, con la cocina, el patio y el palomar.

Me gustaba entrar al Derby y encontrar al tano conversando de fútbol o de cualquier cosa que pasara en Iquique. Conocía a medio mundo y siempre tenía a alguien con quien echar la talla o discutir. Por las mesas pasaban comerciantes, trabajadores y políticos, y cuando se entusiasmaban hablando, aquello parecía el parlamento de Iquique.

El tío escuchaba más de lo que hablaba. Cuando me veía, a veces levantaba un dedo desde el mostrador para llamarme.

—Panchito, llévame ese vaso.

Lo tomaba con las dos manos y caminaba despacito, tratando de que no se me cayera. Cuando lo dejaba donde me había indicado, él sonreía apenas y decía:

—Bien, Panchito.

A veces me revolvía el pelo antes de volver a atender a los clientes. Salía de ahí más contento que perro con dos colas, como si me hubieran dado un trabajo importantísimo.

En el Derby fui descubriendo también la Italia del tío Santiago, hecha de canciones, comidas y películas. Mi prima Nena sacaba los discos con cuidado, los agarraba por los bordes, los ponía en el tocadiscos y bajaba la aguja. Primero se escuchaban unos ruiditos y después empezaba a cantar Rita Pavone o Domenico Modugno. Me quedaba mirando el disco dar vueltas, maravillado de que de ahí salieran voces.

En el cine aparecían Marcello Mastroianni y Sofía Loren. Se me quedaban grabadas sus caras y la música de las películas. Así fui conociendo, a mi manera, aquella Italia que había llegado hasta nuestra casa y que, sin haberla visto nunca, sentía un poco mía.

Una tarde de primavera, cuando ya estaba oscureciendo, no cabía nadie más en el café. La puerta se abría y se cerraba a cada rato, los que atendían las mesas iban de un lado para otro y desde la cocina llegaba el ruido de los platos. Afuera, por Tarapacá, pasaban las micros, alguna victoria arrastrada por caballos y unos pocos autos.

El tío conversaba con unos conocidos, con el cigarro entre los dedos, y yo estaba cerca, escuchando a medias lo que hablaban.

De repente, un golpe fuerte reventó en la calle.

—¡Paf!

El tío levantó la cabeza y dejó de hablar. Miró hacia la puerta. El cigarrillo quedó suspendido entre sus dedos.

Afuera se escucharon voces. Unos hombres pasaron corriendo frente a la puerta y enseguida sonaron unas botellas al estrellarse contra el pavimento.

—¡Quedó la crema! —se escuchó desde la vereda.

Más adelante había un camión detenido y varias cajas de bebidas desparramadas por el suelo. Algunas botellas todavía rodaban por el pavimento.

—¡Don Santiago! —lo llamó uno de los hombres desde la puerta.

El tío no respondió. Seguía mirando hacia afuera, inmóvil, con la cara tensa. Al verlo así, me acordé de la escopeta, de cómo se la había quitado a Chago y de aquel «Sí» que me dio cuando le pregunté si había disparado. Quise acercarme y preguntarle qué le pasaba, pero no me atreví.

De a poco, los gritos se apagaron y los hombres recogieron los vidrios. El tío aplastó el cigarro y volvió a conversar, como si nada.

Todavía lo veo sentado en el Derby, con sus manos grandes, esa sonrisa pícara cuando me encargaba alguna cosa y los olores ricos que salían de la cocina de la tía Nora.

Aún escucho su voz llamándome desde cualquier rincón:

—¡Panchito!

Y allá salía corriendo, porque nunca sabía si me esperaba un encargo o alguna cosita rica que me había guardado. A veces, con revolverme el pelo o guiñarme un ojo, ya me alegraba el día.

En esos años no entendía por qué al tío se le apagaba la alegría ni qué tenía que ver eso con la escopeta del ropero. Yo solo quería hacerme un campito a su lado y ayudarlo en lo que fuera, aunque tuviera que andar de un lado a otro llevando un vaso.

Lo único que sabía era que, junto a él, me sentía en casa.

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