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Fiesta familiar, por Sonia Pereira Torrico

18 octubre, 2026
en Columnistas
Fiesta familiar, por Sonia Pereira Torrico
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Con el despertar del alba, en el barrio más antiguo de la ciudad, se siente la bruma salina golpeando la cara. Vivir en ese barrio es como navegar en un barco, lo juro. Una siente el vaivén de las olas cuando la marejada ruge y también cuando está en calma. 

Ese barrio es mágico y el domingo es una fiesta familiar. Pero esta fiesta tiene sus condiciones, nada es regalado, hay que ganárselo, los versos no se van con el viento. Primero hay que dejar la casa soplada, dice la madrecita, hay que dejar los vidrios limpios con papel de diario y agua, que no se note ni una mancha, hay que airear la pieza, hay que dar vuelta el colchón, hay que echarle fly. ¡Qué recuerdos dios mío!, mientras suena Calatambo Albarracín al otro lado, en el programa «Aquí Folclor». La madrecita supervisa cada rincón, porque el domingo no es cualquier día, el domingo es para salir, para encontrarse con los otros, para celebrar la vida y compartir con la familia.

Ya faltan minutos para que comience el desfile. En la plaza, lugar que ha sido testigo de la historia del glorioso, de los paseos por el tontódromo, de la gente entrando al Teatro Municipal y de tantos caminos al andar, como decía Machado.

Borges dice que no son los lugares los que uno convoca, sino que son los tiempos. Pero quiero pensar que en este caso, son las dos cosas. Porque así como se evoca y se añora los tiempos idos, también una quiere acariciar la textura y el color de los sitios donde amo la vida.

La Plaza Prat no es cualquier lugar, es un lugar de encuentro, un escenario de la memoria, la plaza de las palmeras, de los dátiles que los niños se lanzaban para jugar con la muchachada, de las familias que se reunían los domingos y de los barrios que todavía conservaban esa forma entrañable de reconocerse. Y qué difícil es hablar de estos lugares cuando ya no son los mismos. Sin embargo, basta una imagen para que la memoria aparezca como un hechizo.

Dos niños pequeños, una niña de unos cinco años y otro niño que tendrá alrededor de dos. Y esa plaza iquiqueña, con su historia y sus transformaciones, termina simbolizando tantas plazas del planeta.

La niña asiste al jardín. Ese domingo debe representar a Brasil en el desfile de su colegio, la Escuela Adventista.En aquellos años los trajes se confeccionaban en la casa. Era común que en los hogares hubiese una máquina de coser, las madres sabían transformar las telas, aprovechar los retazos y convertir una idea  en una obra de arte.

Y la niña, desfiló con su vestido de brasileña. La aplaudieron, como también a los otros niños. Estaban los profesores, los estudiantes de los demás cursos, los padres, los abuelos y todos aquellos que no querían perderse la celebración.

La multitud comenzó a dispersarse. Entonces aparecieron los Juanes, los Julios y tantos otros nombres que se repetían de barrio en barrio, se veían sombrillas de papel, a lo lejos se escuchaba la voz del heladero. Los niños corrían de un lado a otro y los adultos buscaban un lugar donde descansar. Y entonces estaba el fotógrafo, ese personaje casi traído de otra galaxia.

Había que elegir el lugar, quizás junto a la pileta. Mientras tanto, la banda terminaba de interpretar sus últimos acordes. Decenas de familias buscaban un espacio donde acomodarse en el pastito. Ese pastito que para los adultos puede pasar inadvertido, pero que para un niño es motivo de asombro, descubrimiento y alegría.

Qué difícil es hablar de estos lugares cuando uno siente que algo se ha ido para siempre, porque no se trata solamente de extrañar las palmeras, los dátiles o la antigua  plaza. Se extraña también la vida que transcurría a su alrededor, las celebraciones compartidas, los encuentros con los seres que tanto amas y esa certeza pueril de que el domingo siempre volvería a ser una fiesta. Respiro hondo, permanece la niña de cinco años con su vestido de brasileña, confeccionado durante una noche de desvelo, con sus padres,  y la plaza que la acogió en un barrio  que se reconocía en sus calles y en su forma de sentir y amar.

Sonia Pereira Torrico

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