Cuando una empresa cierra, solemos atribuirlo a una mala administración o a la falta de ventas. Pero la experiencia en terreno muestra algo bastante más incómodo, porque una compañía puede ser rentable en el papel, tener ventas récord y, aún así, quebrar. Esto nos da luces de que muchas veces el problema no es la gestión, sino la liquidez.
De poco sirve facturar millones cuando los clientes pagan a 60 o 90 días, mientras los sueldos, los proveedores y los impuestos vencen a fin de mes. Ese estresante desfase entre lo que se vende y lo que efectivamente entra a la caja, es uno de los riesgos más silenciosos de nuestro tejido productivo. Esto golpea con especial fuerza a las pymes, que rara vez tienen la espalda financiera para sostenerlo.
Por eso, gestionar bien hoy exige saber, en tiempo real, cuánto efectivo hay, cuánto viene y cuándo va a faltar. Un sistema de gestión que integre ventas, cobranza y pagos ya no es un lujo reservado a las grandes compañías. Es lo que permite anticipar un descalce antes de que se convierta en crisis, en vez de descubrirlo cuando ya no queda margen para reaccionar.
La liquidez no es un asunto contable que se revisa a fin de mes. Para miles de empresas, es la diferencia entre crecer y cerrar.
Diego González, CEO de Defontana








