Hace tanto que no visito esa casa, ignoro si seguirá en pie o seguirá penando como alma en pena.
Era el año 1985, cursaba tercero básico en el liceo A-11, con una bella profesora jefe que se llamaba Diana. Llegué a ese establecimiento por casualidad, después de unas larga estadía en Santiago, mamá aprovechó de comprar chalecos pingüino y zapatos Verónica para venderlos puerta a puerta. Era una época difícil, bonanza para muchos, pobreza para otros. Papá también estaba cesante, manejaba un colectivo, adoraba ser su copiloto a la salida del colegio. Sin embargo, los viernes eran religiosamente sacramentados, ya que venía ella, la abuelita de calle Bolívar 1028 con Juan Martínez, cerquita de los últimos despachos del glorioso antiguo y de la plaza Arica.
La esperaba con ansías, ya que cada cita con esta dama de vestido a rayas, sandalias blancas y chaleca en la espalda, me llevaría a pasear en micro por las últimas fronteras del puerto o bien iríamos a tomar tecito al mercado, al salón Chantilly, al Splendid, IL Sorpasso o bien ir a comer papás fritas al Pollo choro de calle Tarapaca. Más esta señora amable, cambia de decisión y me invita a un lugar que por meses no visitábamos.
La casa del tío Lalo. Aquélla se encuentra anclada en Grumete Bolados con Pedro Lagos. Es un fiel vestigio del barrio de madera , colindante a los elefantes blancos del Morro. Barrio mágico!!, piedra angular del Iquique peruano, el de Alfonso Ugarte. Las nobles tablas fueron la base de un desarrollo industrial pujante y la cuna de ciudadanos ilustres. El tío Lalo vive en Grumete Bolados, cerca de Aníbal Pinto, por el sur, calle Zegers; por el mar; Isasa y por el norte, calle Gorostiaga. No obstante más allá del pasado histórico, ir a su humilde casa, simplemente era algo maravilloso. Una oda a la mesa larga que tanto invoco en mis nostalgias . Con la abuelita, comprábamos un kilo de hallullitas calentitas en la panadería Castillo. ¡Tanto pancito!, exclamaba. Ella dulcemente, me decía, es grande el regimiento. No había necesidad de tocar la puerta, el tío Lalo desde la esquina, aguardaba ansioso , sus ojos azules brillaban como el mar de otoño. La piel nívea reflejaba pequeñas pinceladas doradas y el sol omnipotente se mostraba celoso de la luna, advertía una lenta retirada.
-¡Hola tío Lalo! ¿Cómo está usted señorita?, pregunta con las mejillas ruborizadas el viejito y tío de mi abuelita. -Pasen, la mesa está servida, la Lucha tiene el tecito remojado y la mortadela fresca. Los niños están jugando con los cordeles del patio. Rápidamente me dirigí hacía ellos, mis primos, el Víctor, el Pablo, el Truchi y la Mariela Llampo. Jugamos a la escondida, por cada pieza, la historia crujía en los tablones por doquier. ¡Había mucho espacio!; una mesa; unas sillas; una estante; unas camas; un vetusto sofá y una cocina en permanente vapor ascendente.
Las paredes estaban descacaradas, a veces me detenía y quería seguir descubriendo las letras añosas de otros tiempos plasmados en esa fortaleza. ¡A tomar tecito! Avisa la tía Lucha; esposa del tío Lalo. Que mesa más bonita, cubierta con el clásico mantel de hule desteñido , las tazas, el platillo para sorbetear el té. Los pancitos estaban hechos y la verdad, es el bocado más delicioso de mi vida. Saben por qué, lo dijo Efraín Barquero… blanco es el pan, es familiar como la madre. ¡Y esa mesa amigos míos!, el amor se derramaba a borbotones por la taza con aroma a cedrón y hierba Luisa.







