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Adiós al Bar Genovés, por Sonia Pereira Torrico

11 enero, 2026
en Columnistas
Adiós al Bar Genovés, por Sonia Pereira Torrico
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Hay recuerdos que vuelven inevitablemente con los años. Preguntas simples, cotidianas, que sacuden porque hablan de algo más profundo, la desaparición lenta y silenciosa de un Iquique que se nos fue.


—¿Dónde voy a comprar las alpargatas, cuando cerró el Bazar Obrero del señor Zolezzi?
—¿Dónde voy a comprar los zapatos, cuando partió don Ernesto Gandolfo, de Tienda La Liguria?
—¿Y los vestidos, tras el cierre de Tienda La Riviera? Una tristeza honda quedó instalada en muchas almas y en la mía también.
—¿Dónde voy a  comprar la mercadería de la quincena, tras el deceso del señor Rossi?
—¿Dónde encontrar el traje de baño perfecto, las zapatillas Topper o las alpargatas Iberia, después de la partida de don Ítalo Sacco Solari?
—¿Y el tercer tiempo en el Genovés?, ¿dónde quedó?, ¿a quién se le pregunta hoy?

Son preguntas que no buscan respuesta. Son señales de una ciudad que fue perdiendo sus puntos de encuentro, sus rituales, sus certezas.
Aunque el Bar Genovés bajó sus cortinas para siempre la noche del 31 de diciembre de 2018, en estos días comenzó la demolición del edificio que lo albergó durante más de seis décadas, en la esquina de Tarapacá con Amunátegui. En su lugar se levantará un hotel, marcando el cierre definitivo de uno de los espacios más tradicionales de la bohemia iquiqueña.
El local de la familia Solimano abrió sus puertas en 1956, fundado por José Solimano Canepa, quien llegó a Iquique desde Génova en los años veinte. Durante 62 años fue atendido por los hermanos Solimano, hasta que decidieron poner fin a la historia por una razón simple y profundamente humana..descansar. Como explicaron sus hijos entonces, fue una fecha que se recuerda con pena y alegría; pena por el cierre de un ícono y alegría por el merecido descanso de sus padres.
Los recuerdos cuentan que quienes entraban al Genovés nunca sabían con qué ánimo se encontrarían a los dueños, un día serios, al otro amables, casi fraternos. Con el tiempo se supo la verdad, y provocaba sonrisas, eran gemelos. Así de humano era el Genovés, así de impredecible y entrañable, como la vida misma.
Hoy cuesta creer que ya no esté. Que en su lugar se levante un hotel, como si el progreso necesitara borrar la memoria para avanzar. Para muchos, mínimo debió haberse cuidado, protegido, mantenido como patrimonio de Iquique. Porque el Genovés no era solo un bar, era parte del alma del puerto. Ahí se vivieron partidos históricos, como aquel Chile–Inglaterra en que el Matador Salas hizo gritar dos veces. Ahí se reunían deportistas, amigos, los de siempre, quienes sabían que en ese rincón había respeto, cariño y una mesa esperándolos. En tiempos en que ser iquiqueño también era ser vecino, ser parroquiano, ser parte de algo.
Muchos recuerdan a sus padres en esas mesas, con su Pilsener bien helada, como decían ellos. Padres que ya no están, amigos que partieron, mesas que hoy quedaron vacías. Abrazos al cielo para todos ellos. Porque con los años se comprende que no sólo se fue el bar, se fue una generación entera con la bohemia de antaño.
En esa esquina se compartieron risas y discusiones, dominó, brisca y cacho. Ron con Coca-Cola, cerveza helada, conversaciones largas después del trabajo. Amores de juventud y ese descanso simple de tomarse una orange con cerveza antes de volver a casa. Pequeñas rutinas que hoy parecen gigantes.
Don Mario y don Amadeo, cada uno a su manera, dejaron huella. Uno más callado, el otro lleno de palabras. Entregaron risas, conversaciones y hasta peleas, de esas que al final se arreglaban con otra ronda.
Se cuenta que en el Genovés nació la idea de crear el Club de Deportes Iquique a mediados de los años setenta. Entre sus parroquianos habituales estuvo el recordado diputado Ramón Pérez Opazo. El fallecido periodista Daniel Díaz Segovia también dejó su testimonio, recordando ese bar desde la niñez y, más tarde, como uno de sus refugios tras largas jornadas, cuando no quedaba una sola mesa desocupada.
Así se van los últimos vestigios del Iquique antiguo. Casas, bares, historias que no volverán. Duele. Porque el Genovés era identidad y  memoria viva.
El iquiqueño neto lo sabe. Sabe que no era solo un bar. Era un punto de encuentro, un refugio, una esquina obligada.
Hoy se va físicamente, pero se queda en quienes lo vivieron, en quienes lo recuerdan, en quienes aún sienten ese nudo en la garganta al pasar por ahí.

Adiós al Bar Genovés.
Gracias por tanto.

Sonia Pereira Torrico

FotografíaUg-arte Lira

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