Últimamente, en las labores habituales de los Constituyentes, un tanto cuestionada hasta el momento por su bajo nivel de productividad; hemos visto reiteradamente el intensivo uso del lenguaje inclusivo, que en ciertas ocasiones raya en el exceso.
Si bien es cierto, es llamativo y políticamente correcto usarlo, no es menos cierto que sobre explotarlo, raya en la tontera.
Un ejemplo reciente es que hemos visto como se habla de “cuerpas”, refiriéndose al cuerpo de la mujer, en un intento de mayor reconocimiento y respeto hacia ellas.
Sinceramente y no cabe duda alguna, la mujer debe tener el respeto que se merece. Tengo madre, esposa e hijas mujeres, por lo que no tengo duda alguna de lo señalado.
Creo que el respeto hacia las mujeres (y por supuesto también hacia los hombres) es un aspecto que viene acompañado con la educación que cada uno de nosotros recibe en su casa, más que con el lenguaje que empleemos.
No veo por qué un hombre mal educado, pero con un lenguaje inclusivo, va a cambiar su conducta hacia las mujeres. Son cosas que no guardan relación alguna.
Un hombre puede tener un magister en lenguaje inclusivo, pero si no recibió una buena educación en el seno de su familia, en la que se ha respetado a las mujeres; simplemente no cambiará un ápice la concepción que tenga hacia las mujeres.
Todo pasa, insisto en el punto, por la educación que le entreguemos a nuestros hijos varones, enseñándoles la necesidad de un respeto irrestricto hacia el sexo femenino, más que enseñarles las diferencias entre cuerpos y cuerpas.
Creo, humildemente, que el asunto está en la educación, en la formación y en la empatía que le inculquemos a nuestros hijos hacia las mujeres.
El rol de los profesores también es clave en este proceso. Pienso, de nuevo, que no se gana nada con enseñarles a los niños y adolescentes un nuevo lenguaje intensamente inclusivo, si es que no se les inculca el respeto, la solidaridad y muchos otros valores que se han venido perdiendo con el devenir del tiempo.
Respeto es la clave, y eso no solamente se enseña, se inculca.
Y el respeto, además de hacia las mujeres, también debe ser hacia los hombres, hacia los padres y madres, hacia los abuelos y abuelas, hacia las amistades, hacia los profesores, con el chofer, con el carnicero, el ferretero y muchos otros oficios terminados en eros.
Quizás los Constituyentes, en vez de estar tan preocupados de incorporar el lenguaje inclusivo (y algunas otras mociones de carácter administrativas), deberían estar preocupados de trabajar con mayor eficiencia e incorporar como párrafo N° 1 de la futura nueva Constitución, el respeto por el prójimo.
En el contexto de la tontera que vengo planteando, también me parece insólito que Nestlé haya modificado el nombre de la tan conocida “Negrita” porque se tiende a pensar que es un nombre discriminatorio.
De seguro lo decidió en un país distinto de Chile porque el nuevo nombre “Chokita”, según la RAE, significa falto de miembros y en Guatemala y Honduras privado de la vista.
Por otra parte, en estos días me he estado preguntando si será discriminatorio para un rubio o una rubia la marca de una cerveza rubia o el de la azúcar rubia. Lo dejo ahí, para meditarlo.
Al final de cuentas, los ejemplos y las actitudes mencionadas, ya sea de parte de los Constituyentes ó de algunas empresas como Nestlé por ejemplo, rayan en la tontera, tan tontera que algo que pretende ser políticamente correcto termina siendo peor.
Hernán Cortez Baldassano
Ingeniero Civil
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