Por Eva Orellana, PhD Académica Carrera de Ingeniería Comercial UDLA
La administración de los recursos financieros constituye un eje central en la conducción de cualquier organización. Sin embargo, cuando los mecanismos de control y supervisión no operan de manera sistemática, pueden surgir desajustes que repercuten en la información y en la toma de decisiones estratégicas. El desorden financiero no siempre es visible de inmediato, pero sus efectos inciden en la eficiencia, la transparencia y la proyección institucional.
Este problema, no es exclusivo del sector público ni de grandes instituciones. En el ámbito de las pequeñas y medianas empresas (pymes), los riesgos asociados a una gestión financiera inadecuada suelen ser incluso mayores.
Muchas de estas organizaciones enfrentan una paradoja frecuente: recopilan grandes volúmenes de datos, pero no logran transformarla en conocimiento útil. Su exceso, lejos de aportar claridad, termina generando desorden y dificultando la toma de decisiones oportunas.
A ello se suma que una parte relevante de las pymes aún gestiona su información de manera manual. Esta práctica incrementa el riesgo de errores en los registros, pérdida de documentación y dificultades para acceder a antecedentes clave cuando se requiere. En algunos casos, las operaciones se realizan sobre la base de instrucciones entregadas verbalmente, sujetas a la interpretación de cada colaborador, lo que genera inconsistencias internas y debilita los mecanismos de control.
Las consecuencias de estas prácticas son significativas. Cuando la información no se gestiona de forma adecuada, tampoco es posible planificar estratégicamente ni asignar correctamente los recursos. Esto aumenta la exposición al riesgo financiero y puede llevar, en escenarios extremos, a la insolvencia.
Entre los principales factores críticos que explican esta situación destacan la falta de conocimiento del mercado en el que opera la empresa y de los procesos financieros internos de la organización; el riesgo de morosidad por parte de los clientes o deudores; y la escasa comprensión de los costos reales de los productos y sus componentes, entre otros.
Abordar estas brechas no es solo un desafío operativo, sino una condición indispensable para la sostenibilidad y competitividad de las organizaciones, sin importar su tamaño.







