A ella no le agradaba tanto el mes de marzo. Tal vez porque significaba despedirse de esas vacaciones eternas con sabor a mar y erizo, donde los días eran largos y la infancia parecía no tener reloj. Volver a la rutina implicaba dejar atrás los juegos con amigos y sus programas favoritos: “Érase una vez”, “Mazapán”, “Oreja, pestaña y ceja”, “Cachureos” y “La princesa de los mil años”.
Iba en segundo básico, en jornada de la tarde, y vivía en su querido barrio El Morro. Desde el balcón de su casa, mientras el sol caía suave sobre los techos de madera, su mamá la llamaba a almorzar. A ella le gustaba llegar con la adrenalina aún en el cuerpo, sentarse a la mesa y encender la televisión para ver el “Festival de la Una”, ese espectáculo de “poquita plata, pero segura”. Se maravillaba con los concursos de Salsital y betún Virginia, y adoraba la complicidad del animador Enrique Maluenda con las abuelitas.
—¡Niña, a la escuela! ¡Vas a llegar atrasada!, advertía mamá.
El recorrido hacia el liceo era, sin que ella lo supiera, una forma de aprender a mirar. Bajaba por las calles de su barrio, donde las casas de madera crujían suavemente, como si conversaran entre ellas. A veces pensaba que guardaban secretos, que sus ventanas observaban más allá, como esperando algo que solo ellas entendían.
En medio de ese mundo antiguo comenzaban a aparecer edificios nuevos, altos, distintos, como si quisieran cambiarle el ritmo al barrio. Pero ella seguía viendo lo mismo… un lugar lleno de vida, donde todos se conocían, donde cada esquina tenía nombre y cada casa parecía tener memoria.
Había una en particular que siempre le llamaba la atención, la casa de Ramón Castilla y Marquesado, en calle Covadonga, un sitio histórico ligado al mariscal peruano nacido en Tarapacá en 1797. También estaba la casona del general Buendía en calle Pedro Lagos, donde alguna vez vivieron Anita Carvajal y la familia Silva.
Para ella, todo eso era normal. No obstante, no sabía que caminaba entre huellas del pasado. Sólo sentía, con la certeza de los niños, que su barrio era especial… casi mágico.
En la misma calle Covadonga, una compañera la alcanzaba para ir juntas al liceo A-11. Era lunes, primera clase: Artes Plásticas. Sobre la mesa aparecieron la acuarela, los pinceles, el pegamento Cayman, una tapa de cartón y cajas de remedios. El objetivo era construir un dormitorio en miniatura, pero ella eligió hacer el living de su casa.
La profesora revisó su trabajo sin sonreír. Mala señal.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—El sofá —respondió ella, nerviosa.
—Mmm… parece una cama.
El comentario cayó como una sentencia. Sintió el calor en las manos. Se las limpió en su delantal cuadrillé azul con blanco sin darse cuenta… hasta que la profesora la detuvo:
—¡Mire su delantal! Está manchado.
A la salida, su amiga, al notar su tristeza, le preguntó qué pasaba. Ella le contó lo del delantal. Hubo un breve silencio… y luego, un gesto inesperado:
—Te presto el mío hasta que laven el tuyo.
—¿De verdad? ¿Harías eso por mí?
—Claro. Tengo dos. Nadie lo notará.
Y así, de la mano, entre risas, caminaron de regreso a casa. Hablaban de la última película de Luis Miguel, “Ya nunca más”, y de la “horrorosa” maqueta del living.
Sin saberlo, ese día , ella estaba aprendiendo a leer el mundo. A leer las palabras, las calles, las casas, … y ese gesto simple de una amiga.
Porque al final, no eran solo recuerdos.
Era un barrio con identidad, memoria e historia.
El barrio que ella siempre amará.
Sonia Pereira Torrico






