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El silbido del desierto, por Sonia Pereira Torrico

4 enero, 2026
en Columnistas
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Hubo un tiempo en que el tren no era solo una máquina de hierro. Era un pulso que recorría el desierto, un latido que unía las oficinas salitreras con el mar, y que hacía sentir a Tarapacá menos sola en la inmensidad de la pampa. El desarrollo ferroviario de la provincia nació de la industria salitrera y de la necesidad de tender puentes entre el desierto y los puertos de embarque. Por aquellas vías viajaba el nitrato, viajaban trabajadores, sueños, cansancios y esperanzas. Así, los rieles se volvieron parte del paisaje y de la vida cotidiana de la región.
Entre los grandes proyectos ferroviarios se levantó el Ferrocarril Longitudinal, pensado a comienzos del siglo XX como una columna vertebral que uniría el norte con el centro de Chile. No fue solo una obra de ingeniería, fue una promesa. Autoridades, empresarios y habitantes del norte la impulsaron convencidos de que cambiaría sus destinos, y lo hizo. El Longitudinal abrió caminos, acortó distancias y llevó noticias, afectos y mercaderías a lugares donde antes solo reinaba el viento.
Dentro de estas obras, el ferrocarril de Iquique a Pintados ocupa un lugar especial en la memoria. Su construcción comenzó en 1914 y entró en servicio el 10 de enero de 1929. Con túneles que mordían los cerros y estaciones que parecían oasis en medio del desierto, avanzaba montado en una trocha de un metro, capaz de vencer las pendientes más difíciles del territorio salitrero. Se conectó con la red del Longitudinal Norte y, más allá de transportar salitre y cargas, llevó también historias humanas, pasajeros que partían, reencuentros, despedidas desde andenes polvorientos, pañuelos agitados en el aire seco de Tarapacá.
La concreción de un tren que uniera el centro del país con nuestra región no fue inmediata. Demoró años y fue esperada como se espera algo querido. Cuando finalmente se hizo realidad, llenó de orgullo a los iquiqueños, por fin existía un medio que los llevaba directamente a Santiago. Aquella unión se materializó a comienzos de la década de 1950, cuando la Nitrate Railway entregó al Estado chileno sus líneas, máquinas y estaciones, pasando el ferrocarril a manos de Ferrocarriles del Estado. Muchos sintieron entonces que el tren se volvía definitivamente “nuestro”.
Muchas personas viajaron en tren desde Santiago a Iquique, haciendo transbordo en La Calera. Eran viajes largos y cansadores, pero llenos de vivencias que hoy se recuerdan como verdaderos tesoros. Muchos recorrieron el Longino una y otra vez: algunos se bajaban en Pintados para ir a La Tirana, otros seguían rumbo al desierto y los puertos. Quedan en la memoria las despedidas, los niños llorando, las risas y los encuentros.
Pero el tiempo, como los rieles, también corre en una sola dirección. Aunque en manos del Estado se mantuvieron los servicios locales, poco a poco el tren fue perdiendo la batalla frente a los buses y los aviones. Una decisión técnica, instalar un tercer riel para usar solo trenes de trocha métrica, dejó fuera material rodante de mejor calidad, herencia del antiguo ferrocarril inglés. Era una señal silenciosa de que la época dorada se estaba apagando.
En 1970 todavía circulaban cuatro servicios de pasajeros entre Iquique y La Calera. En 1975 solo quedaban dos. Los miércoles el tren llegaba al puerto, cansado y fiel; los jueves emprendía de nuevo su viaje hacia el sur. Luego vino 1974 y, con él, la suspensión de los subsidios estatales. El Longino no entraba en la lista de lo rentable, aunque sí ocupaba un lugar profundo en la vida del norte.
La sentencia se escribió en papel de diario. A comienzos de junio de 1975, El Tarapacá anunció que los trenes de pasajeros entre Iquique y La Calera dejarían de circular. Era un aviso breve y administrativo, pero detrás de esas líneas se cerraba una época entera. Desde entonces, los rieles fueron quedando en silencio, cubiertos de arena, como cicatrices brillando al sol del desierto.
Hoy, cuando se recuerda el ferrocarril en Tarapacá, no se piensa solo en máquinas ni en cifras económicas. Se piensa en madres despidiendo hijos, en trabajadores mirando por la ventana la pampa infinita, en el silbato que quebraba la tarde iquiqueña. Los trenes articularon el territorio, sí; pero también articularon la memoria. Unieron no solo puertos y oficinas salitreras, sino también vidas, historias y paisajes que aún laten en el corazón.
Sería un sueño hermoso, volver a escuchar ese rugir, y que el desierto, una vez más, reciba al Longino como a un viejo amigo.

Sonia Pereira Torrico

Reseña Historica de Tarapacá

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