Comenzaba en la vida de Sergio, la adorada infancia, cargada de emociones al interior del «Longino», escuchando el silbato, viendo a las personas decir un repentino adiós, lágrimas sueltas recogidas por un pañuelo y risas de niños traviesos. Sergio dejó el puerto de Iquique a la edad de 6 años, su padre ferroviario fue trasladado por razones laborales a «La Estación Baquedano», la cual se ubicaba a 90 km de Antofagasta, complejo que perteneció a la «Chilean Northen Railway Company», posteriormente a la «Empresa de Ferrocarriles del Estado» y luego a «Ferronor’.
El humo tiznaba el cielo opalino, esa cálida mañana, las ventanas se levantaban, pero se cerraban atrapando en ocasiones la cabeza y los diminutos dedos. Como olvidar la subida del tren por el cerro, vislumbrar al glorioso desde las alturas y a ese mar que tranquilo nos baña. ¡Oh!, era el turno de pasar por los túneles, las ventanas se cerraban porque los coches se llenarían de hollín. Los asientos, duros como la cubierta de los cerros morenos, pero el corazón henchido por la felicidad plena viajando por el desierto. En Baquedano, Sergio no tenía muchos juguetes, pero sí imaginación. Inventaba historias con vagones abandonados, donde él era el conductor que salvaba pueblos enteros. De noche, se dormía escuchando el eco lejano de los trenes. Para él, ese sonido no era ruido, era promesa, era el canto de los sueños que no se apagan.
Para llegar a Santiago el viaje era lento y demoraba cuatro días y tres noches, nunca llegaba a la hora. Sin embargo, en esas extensas jornadas los pasajeros iban formando lazos de amistad y compañerismo.
José recuerda su viaje al «Festival de San Bernardo» con el grupo folclórico «Historiadores de la Pampa» como una travesía inolvidable. Viajaban con guitarras, trajes típicos y el alma llena de identidad. En cada estación, cantaban, compartían música de aquí y de allá. El vagón era escenario y hogar.
Iván por su parte relata que en la década de los 70, el tren se detuvo por fallas mecánicas en Los Vilos. Era verano, con un sol abrasador, artistas y parroquianos aprovecharon de bañarse en la playa y guardar ese impasse como una anécdota, hoy de culto.
Esta unión del norte con el resto del país, sólo se materializó a principio de la década del 50 cuando la «Nitrate Railway», vendió al Estado chileno las líneas, máquinas, estaciones a Ferrocarriles del Estado. No obstante, el servicio ferroviario fue perdiendo competitividad frente al transporte terrestre y aéreo.
Los días estaban contados. El administrador del Ferrocarril tuvo la responsabilidad de autorizar la salida del último tren de pasajeros desde la estación de Vivar con Sotomayor, un 13 de junio de 1975. A su lado el inspector Ricardo González ultimaba detalles para que los treinta pasajeros llegaran “sin novedad” a su destino, La Calera y su posterior transbordo a la ciudad de Santiago. El último viaje fue publicado en el diario El Tarapacá de aquella época.
Cuarenta años después, la contaminación, la alta congestión vehicular en carreteras y ciudades exige el regreso de la cultura ferroviaria. Muchos pueblos palidecen añorando el paso del tren.
¡Que vuelvan los trenes!, dibujando la tierra.
¡Que vuelvan desde el norte!, surcando el enjambre de cerros y dando vida a la cotidianidad perdida.
¡Que vuelva el silbato del conductor!, anunciando la llegada de mi amor.
Sonia Pereira Torrico







