Cuando se piensa en equidad, se piensa en igualdad, en justicia, en darle a cada uno lo que se merece, y todos los habitantes de este país, se merecen el acceso igualitario a la energía. Independientemente de la forma en que se les entregue.
En las ciudades será mediante la distribución de la energía generada por centrales (ojalá en el futuro con un alto % de ERNC).
En la ruralidad, mediante sistemas autónomos y distribuidos que utilicen las energías renovables que les provee la naturaleza (sol, viento, geotermia, maremotríz).
La sustentabilidad energética implica considerar y satisfacer las necesidades de la sociedad en su conjunto, entendidas no sólo como las condiciones para la subsistencia física, sino también, como el ejercicio de los derechos económicos, sociales, políticos, culturales y ambientales para una vida digna.
Pensar en el acceso y la equidad distributiva de los recursos energéticos, presupone no sólo repartirlos bien, sino construir las condiciones para que eso sea posible.
Para ello es necesario incorporar las nociones de equidad y justicia de un modo permanente, así como también, alcanzar una forma de relacionamiento con la naturaleza que garantice la sustentabilidad del sistema ecológico.
Por ello, la relevancia de las ERNC.
¿La pregunta que podríamos hacernos, es, existe equidad –bajo la definición antes comentada- en nuestro país?
Deberíamos revisar que es lo que ocurre en las comunidades rurales, cómo éstas se nutren de las actividades propias y cotidianas, cómo cocinan, revisar el acceso a la información, a la cultura, etc.
La conclusión es un poco evidente.
Por ello, es muy importante considerar, y tener en cuenta, que el desarrollo energético es un factor preponderante para el logro de la equidad en nuestra sociedad.
También podríamos preguntarnos si la equidad la debemos buscar por la vía de dar energía a aquellos que no la tienen, o bien, que nuestras costumbres y hábitos operen con menos energía y más natural y menos dependientes de la red.
Es obvio que lo segundo es impracticable en una sociedad en la cual nos hemos acostumbrado a depender de la internet, el control remoto y muchos otros, ambos fuertes demandantes de electricidad.
En consecuencia, la ecuación energía y equidad, necesariamente, se resuelve implementando políticas sociales que apunten a un mayor acceso de energía a las comunidades.
Otro claro ejemplo de lo señalado en esta columna, es el caso de la comunidad mapuche de Traitraico, en la que por razones profesionales, acabamos de dictar cursos de energía solar fotovoltaica para su desarrollo local sostenible.
Una actividad maravillosa en bien de tantas comunidades rurales desatendidas y existentes de este tipo en nuestro querido país.
Hernán Cortez Baldassano Ingeniero Civil