Saliendo un poco de la paranoia a la que somos sometidos todos los santos días y cada minuto que pasa, Chile y el mundo, giran en torno de la pandemia del Covi-19. Nos sacuden con miles de muertes, de cifras con el aumento de los contagiados y de tantas nuevas medidas que anuncian nuestras autoridades. Estamos cansados de vivir en un constante estado de amenaza tétrico y bajo nubarrones de crecientes dudas. Vamos navegando, trastornados y perdidos en un inmenso mar de incertidumbres. La realidad es más dura por los abusos que se cometen .en contra del ciudadano común.
La gente que se me acerca en la calle, cuando puede reconocerme detrás de la mascarilla; por desgracia en la mayoría son personas que han quedado cesantes. Más adelante me enfocaré a ellos. Pero sostengamos, son numerosas las empresas que hace bastante tiempo vienen aplicando una política de ajuste de mano de obra. Los planes del gobierno chocan con la misma objetividad de los tiempos del siglo XXI.
Hasta donde se sabe, algunas empresas de nuestra región sus operaciones las están llevando a cabo de la metrópolis del país. El gran Santiago, concentra todo el poder político, el cual es fundamental para la industria transacional. El centro de todos los mayores negocios en manos de la aristocracia ultra conservadora, vetusto colonial. que discrimina a las demás regiones del país. Aquí está la verdadera causa de las injusticias y de los dos Chile, donde siempre el Palacio de la Moneda ha jugado un papel clave y decisivo en nuestra historia patria.
Un viejo refrán dice “todas las medallas tienen dos caras”. El tema es que mientras existe un mundo con “corona virus” al mismo tiempo se construye otro mundo de desempleados. A mi juicio, un nuevo orden social, que tiene sus pilares en el más avanzado desarrollo tecnológico y científico. La gran mayoría de los que trabajan en oficinas corren el riesgo de perder sus empleos. No será una situación transitoria. La famosa automatización hará desaparece oficios, aunque no lo crean, como los abogados, médicos, contadores, entre muchos y otros, incluso hasta los repartidores.
La revolución de la robótica y la inteligencia artificial, llegaron para quedarse en la era de la globalización. Es cuestión de leer al periodista y escritor Andrés Oppenheimer en su libro titulado “Sálvese quinen pueda”. Donde da a conocer el estudio de Carl Benedikt Frey y de Michael A. Osborne, ambos investigadores de la universidad Oxford Martín School. Hicieron público sus estudios pronosticando que decenas de millones de empleos desaparecerían a lo largo del tiempo hasta los años 30 del siglo presente. Recomiendo la lectura de este libro porque vivimos en plena era de la computación; creo que son muchos los intelectuales y versados economistas que relativizan los actuales empleos perdidos. Hay que ser capaces de ver más allá de la epidemia y de la evidente recesión mundial. La misma crisis económica que ha remecido los cimientos de nuestra sociedad, es una vertiente en permanente análisis y que de una u otra manera, ya estaba instalada en nuestro territorio nacional. Prueba al canto “el estallido social” del 2019.
Ahora, la cesantía produce el efecto dominó en la economía de cualquier país. Sus graves consecuencias son similares a una cadena suelta, en la medida que se mueve, golpea sin miramientos a unos y a otros. Por lo mismo, es el peor drama que le puede pasar a una persona. La autoestima se viene al suelo. Los valores personales tambalean y el dolor de no contar con el salario al final de mes, agudiza, los sentimientos de frustración. El seguro de cesantía es un leve paliativo, pero no es la gran solución. Peor aún cuando los políticos se ponen al lado de las AFP’S. La dignidad humana se acaba con la luz de cada amanecer. Los jóvenes, adultos y la tercera edad, son víctimas de un libre mercado que funciona en conclaves secretos.
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