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Frases que nunca se olvidan, por Sonia Pereira Torrico

8 marzo, 2026
en Columnistas
Frases que nunca se olvidan, por Sonia Pereira Torrico
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Hay frases que nunca se olvidan…quedan tatuadas en la memoria, como el aroma de los cuadernos nuevos en marzo, como el sonido de la campana anunciando el recreo, como el polvo de la tiza flotando en la sala, como el crujir de las tablas de la vieja escuela, como los acordes del himno nacional del día lunes, como la voz de la señorita Milagros indicando que hay que formarse.

A pesar del paso inexorable de los años, las frases siguen ahí, intactas, repitiéndose como un eco del pasado.

—“Ya, ya, ya… ¡vamos a la sala!”, recuerda Guillermo Varas..Y cuando el silencio por fin se instalaba en la sala,  venía lo inevitable:

—“Ya, Varitas… te toca recitar.”

Lo que muchos esperábamos de verdad, era ese llamado glorioso que atravesaba los pasillos como un relámpago:

—“¡A la lecheeeeeeeeeee!”

Y entonces salíamos disparados, con la misma rápidez con que  corre al patio, cuando se tiene siete u ocho años, a abrigar el cuerpo con una taza de leche y un galletón de chocolate. En el camino, alguien pasaba por el kiosco con la pregunta más clásica de la infancia chilena:

—“Tía… ¿me fía?”

Y si había suerte, aparecían los membrillos con sal, los sapitos, las pastillas media hora o el clásico Topo Gigio. En algún rincón de la sala siempre estaba ese grupito que no se quedaba quieto.

—“Ese grupito de allá se separa…”, advertía el profesor.

Pero bastaba que el profe diera media vuelta para que una de las compañeras susurrara:

—“Después organizamos el picante de guata con pata…”

Y las carcajadas explotaban como petardos, chinitas y pisacuetes en Año Nuevo.

Las salas tenían su propio lenguaje:

—“Guardar silencio para entrar a clases.”

—“Sacar sus útiles sobre la mesa.”

—“Formarse… tomar distancia.”

—“A ver… ¿quién fue?”

—“¡Última vez que lo repito!”

—“Copien del pizarrón.”

—“El que termina puede salir al recreo.”

—“Saquen una hoja.” 

—“Prueba sorpresa.”

—“El que no trajo tarea se queda en recreo.”

—“¡Silencio, que están en clases!”

También la de una voz, que emergía en medio del pizarrón y el recreo.

—“Señorita, la Oriele me está tirando el pelo.”

O la tragedia infantil más grande del mundo:

—“Señorita… la Blanca me tiró a la poza con barro. Mire cómo me dejó la ropa.”

La señorita Violeta San Martín escuchaba todo con paciencia infinita en aquella escuela de la oficina salitrera Mapocho, año 1949. Un tiempo en que los patios eran de tierra, los zapatos se embarraban rápido. Así lo recuerda nuestra querida Carmencita Capetillo.

En otras salas, en otros años, la escena era parecida:

—“Señorita González, deje de buscar pajaritos en el aire.”

—“Las moscas no son más importantes que mi ramo.”

Y cuando la paciencia se agotaba:

—“La próxima vez la siento en mi escritorio… o la mando a inspectoría.

—“¡González a inspectoría!”

Mientras los compañeros contenían la risa.

También estaban los juegos: las pelotas hechas con papeles y scotch, el más malo siempre al arco, el borrador volando por la sala y aterrizando en la cabeza de algún distraído que quedaba blanco como estatua de yeso. Y estaban las travesuras legendarias, los chilitos en el brazo, la marca china con la goma, el cape nane, el corre la nillo.

Había profesores que marcaban para siempre.

Uno que, mirando serio a una alumna inquieta, le decía:

—“Ser rebelde o revolucionaria no la va a conducir a nada.”

Esa frase terminó empujando justamente lo contrario en la talentosa escritora Carolina González.

En medio de todo eso también estaban las amigas que salvaban el día. Cómo olvidarlas…

—“¿Qué hice yo ahora?”, decía una.

—“La Coco, la Anita y la Susana son mis testigos.”

Porque en el colegio, la amiga o el amigo siempre era el mejor abogado.

Y cuando la jornada ya se hacía larga, cuando el sol caía sobre el patio y la mochila pesaba una tonelada, alguien suspiraba con alivio:

—“Qué bueno, tocaron la campana».

Entonces volvíamos a la simpleza de la vida, las calles, las casas, la once, las historias que contar.

Hoy, muchos años después, esas voces siguen vivas en lo más profundo del corazón. Las de Mauricio, Guillermo, Javier, Romina, Lorena, María Estela, Mao, Diego, Carolina, Anita, Carmen, Lorena… y Sachá. Voces esperando  la frase más esperada del día:

—“Guarden sus cosas… se terminó la clase.”

Sonia Pereira Torrico

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