Nos quieren hacer elegir: crecimiento o equidad. Como si fueran caminos opuestos. Como si Chile tuviera que decidir entre avanzar o repartir. Es una falsa disyuntiva. Y, peor aún, es una discusión funcional a los extremos.
La derecha hoy instala la idea de que las regulaciones son el problema. Que la “permisología” frena el crecimiento. Que para despegar hay que desregular, acelerar, simplificar y bajar los impuestos corporativos. Traducido: menos controles. Menos exigencias. Menos Estado.
La izquierda, en su momento, hizo lo inverso. Puso el foco en derechos, en equidad, en expansión del rol del Estado. Pero el crecimiento se debilitó. Y sin crecimiento, la equidad se transforma en promesa sin financiamiento.
Ambos se equivocan. Y lo más grave: ambos olvidan la mejor lección de nuestra propia historia.
Entre 1990 y 2010, Chile no eligió entre crecimiento y equidad. Hizo ambas cosas. Y lo hizo bajo una convicción simple, pero poderosa: crecimiento con equidad.
Durante el gobierno de Aylwin, Chile creció en torno al 7% anual. Con Frei, sobre el 5%. Con Lagos, cerca del 4,5%. Y con Bachelet, en su primer período, alrededor del 5%. No fueron cifras perfectas, pero fueron consistentes. Y, sobre todo, estuvieron acompañadas de transformaciones profundas.
Se redujo la pobreza de más de un 40% a menos de un 15%. Se expandió el empleo. Se construyeron miles de viviendas. Se amplió la cobertura de salud con consultorios y hospitales. Se implementó la jornada escolar completa. Se fortaleció la educación pública. Se crearon instituciones clave como la CONAMA y luego el Ministerio del Medio Ambiente. Se avanzó en derechos de la mujer, en protección social, en infraestructura y en modernización del Estado.
No fue casualidad. Fue una decisión política.
Hoy, en cambio, se instala una narrativa peligrosa: que regular es frenar. Que proteger es obstaculizar. Que exigir estándares es espantar la inversión.
Falso.
Los países OCDE que hoy nos ponen como ejemplo no crecieron desregulando. Crecieron regulando mejor. Con Estados eficientes, no ausentes. Con reglas claras, no con atajos. Con instituciones que protegen a la ciudadanía frente a abusos de mercados concentrados.
El problema en Chile no es la regulación. Es la mala gestión. Es una burocracia lenta. Es una tramitación ineficiente. Y la falta de voluntad para hacer que el Estado funcione. Y también, seamos claros, es la búsqueda del dinero fácil por parte de quienes prefieren saltarse reglas antes que competir en serio.
Cuando se eliminan controles, no desaparecen los problemas: desaparece la protección. Y ahí ganan siempre los mismos.
La historia también nos ha mostrado que cuando el poder actúa sin contrapesos, los riesgos son mayores que los beneficios. El Estado de derecho se debilita cuando se relativizan las reglas en nombre de la eficiencia o la urgencia.
Chile no necesita menos Estado. Necesitamos un mejor Estado. Más rápido, más moderno, más exigente. Pero no más débil. Volver a crecer es urgente. Pero crecer mal ya lo conocemos: territorios devastados, abusos empresariales, desigualdad persistente y desconfianza social.
La verdadera disyuntiva no es crecimiento o equidad. Es si queremos repetir los errores… o recuperar lo mejor de nuestra historia. Porque en Chile ya lo hicimos bien.
Y podemos volver a hacerlo bien… si volvemos a poner el bien común por sobre los extremos.







