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La mochila que volvió a casa, por Sonia Pereira Torrico

1 febrero, 2026
en Columnistas
La mochila que volvió a casa, por Sonia Pereira Torrico
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Cada febrero, cuando comenzaba el Festival de Viña del Mar, sabía que se estaban acabando las vacaciones y que se acercaba el inicio de año escolar, pero que junto con ello venía también una de mis épocas favoritas, ir a comprar los útiles escolares. Wow que emoción, esperaba con ansias ese mágico momento, ustedes me entienden, el aroma de los cuadernos de tapa bonita, los lápices de colores, el estuche ,la mochila, ¡mi mochila!, la protagonista de esta linda historia que voy a contar.

En ese tiempo no había minimalismo, ni color beige, todo era colores compartidos. Además, las mochilas y zapatillas eran nuestra identidad y debilidad,  mientras más desgastadas y sucias, más bacanes nos sentíamos.

En marzo del 2006, época de Michelle Bachelet asumió como la primera mujer presidenta del país el 11 de marzo. Destacó la «Revolución Pingüina» y el fenómeno del reaggaeton y el pop.

Bueno comenzaba un nuevo colegio, así que no quise una mochila de rueditas, las cuales venía usando desde kínder. Para las generaciones de ahora puede parecer un detalle , pero en ese tiempo dejar las rueditas  significaba crecer, dejar atrás lo infantil, demostrar que ya eras “grande”, aunque tuvieras apenas 9 años. Es ahí cuando me enamoré de una de color lila  y sin diseño. Me llamó la atención que tuviese una entrada para audífonos por la parte de arriba, venía bien con mi ‘’discman’’ para llevarlo al colegio y escuchar música. Así fue como la rayé sin pensarlo, y no se colgaban tanto peluches tipo llaveros como hoy para demostrar tus gustos, y tampoco se mantenían tan limpias como hoy, éramos más desordenados y simples. Seguíamos de los 90, con la clásica mochila wrangler de mezclilla.

Recuerdo que ese verano del 2006 se presentó Miranda en el Festival de Viña, aunque no lo vi porque me quedé dormida, pero mi mamá grabó la presentación en un vhs. Que antiguo, si supieran que antes estaban los videoclub y mucho antes los betamax. También lo era RBD y que, junto a la serie de tv, eran mi entretención y compañía por las tardes una vez llegaba del colegio, ya que me quedaba sola por las tardes hasta que saliese mi mamá del trabajo. Por tal razón, rayé mi mochila con un plumón, la cual me acompañó 2 o 3 años y ya luego la cambié nuevamente. ¡Quizá no me gustó más el lila!, quizá me fui por el color negro, o quizá no quería ver más mi mochila rayada, no sé, aún no me lo explico, sin embargo la guardé junto con ropa que no usaba y la cual solíamos regalar. 

¡Oh!, me  podrán creer que no supe más de ella, no hasta el 1 de noviembre del 2025 que fue cuando la encontré frente a mí otra vez. Como si fuese ayer,  fue un viernes en la mañana en la feria que la vi tendida en el suelo sobre un paño esperando a ser vendida y estaba en primera fila, esperando a que la viera.

Miré al señor y le pregunté a cuánto estaba, dos mil pesos me dijo, y no dudé en comprarla.

No quise preguntarle detalles de cómo la consiguió. Lo que importaba es que estaba de nuevo conmigo y había vuelto a mi vida, a mis 29 años del pasado para llenarme el corazón y colmarme de alegría.

La tomé entre mis manos y entendí que no estaba comprando una mochila, sino recuperando un pedazo de mi historia. Ahí seguían intactas las tardes, la música, la niña que quiso crecer rápido sin saber cuánto extrañaría después esa simpleza. El tiempo la llevó lejos, pero la trajo de vuelta justo cuando yo estaba lista para reconocer su valor. Porque hay recuerdos que no se pierden, solo esperan.

Como escribió Marcel Proust: “Los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos.” Y el mío, inesperadamente, volvió a casa.

Soy Misky Camila Alvarez González y estos son mis recuerdos.

#plumaiquiqueña 

Agradecimientos, textos y fotografía a Misky Camila Alvarez González

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