Respiro el aire de la nostalgia como una bocanada, las pisadas me llevan sin cesar al barrio de mi abuela amada. El rito de tirar la pita, jugar a la chaya, al luche, o volar sobre las alas de un columpio era simplemente abrir la puerta del hogar de mis antepasados, a los que tanto amo y extraño.
La plaza de este nombre era llamada antiguamente como Plaza Gibraltar. A principios del siglo pasado no funcionaban los circos, ni se ordeñaban vacas como en otras plazas. Con un pequeño declive, debido a que todas las calles y sitios de esos alrededores, nacen al pie de los cerros que encerraban a Iquique por el oriente. No posee flores, ni árboles; pero en cambio estaba dotada de algunos sofás ( butacas), que, generalmente, aprovechaba el fatigado viajero.
Durante el gobierno peruano existió en esta plaza un cuartel que desapareció, a causa de un incendio. La Plaza Arica se ubica a metros del cementerio más antiguo de la ciudad el Nº 1 y de lo que fue el Matadero Municipal. En este barrio, desde el año 1933 se realiza la fiesta de aniversario de la Plaza Arica ( 12 de octubre), se hace también La Tirana Chica, en el mes de julio, una semana después de La Tirana.
Los Zagals, los Gamboni, los Carreño, Barría, Rojas, Galloso, Milicay, Gaete, Merubia, Cartagena, fueron las familias, entre otras, que han dejado sus marcas sobre la vieja capilla del barrio.
Este sector se caracterizó además por la gran existencia de clubes deportivos, bailes religiosos y organizaciones de obreros, obreras, sociedades mutualistas, entre otras.
La Plaza con su cancha de básquetbol y su explanada por la calle Errázuriz es el centro de congregación del barrio. Desde el año 1950, el club Deportivo La Cruz, se asienta en el barrio. Desde los años 80, el baile religioso Chino y luego la Diablada se instala con su sede social, dándole más dinamismo barrial.
El barrio huele a historia, a una sopaipillas con tecito hirviendo, al sonido incesante del bombo tiraneño; ese que te estremece desde el nacimiento. Los bailes religiosos ensayan desde abril para servir y homenajear a la China en la Tirana con amor y devoción. Para muchos niños, la capilla de la Plaza Arica era un refugio, se arrodillaban frente a la virgencita pidiendo protección hasta que llegaba el señor Gamboni que debía hacer el aseo pidiendo salir hasta terminar la misión.
En los 90, el rubor de mis mejillas decantaba con la buena noticia de ir a comprar al despacho de la «Bessy». ¿Qué compro abuelita?; preguntaba. En el oído me susurraba «chaya» nietecita. Mis pequeños primos, Vanessita y Hernancito me acompañan en la travesía, entre todos apoyabamos nuestras manitos sobre el mesón vestuto y con aroma a pino oregón. ¿Van a jugar a la chaya?, preguntaba la «Bessy», sí, respondemos risueños y felices. En la vereda , repartíamos los pedacitos de colores, la lanzabamos al aire como saludando al tatita Dios y a la Chinita. Se acabó la chaya, señala mi prima acongojada. No obstante en el bolsillo gastado del vestido de la abuela , quedaba una bolsa. Y el viaje vuelve a comenzar por los rieles de la nostalgia, sintiéndonos niños nuevamente bajo el vaivén de un columpio.
Son los aires de libertad, las alas de los sueños inocentes, la cultura de barrio que inexorablemente no muere a pesar del tiempo y las amenazas del modelo económico.
Sonia Pereira Torrico