Por Iván Vera-Pinto Soto.Cientista social, pedagogo y dramaturgo
En Tarapacá, hacer teatro es un acto sospechoso. No produce cobre. No exporta litio. No incrementa el PIB regional. Produce algo más incómodo: memoria crítica.
En una región atravesada por debates sobre seguridad, migración, crisis social y crecimiento económico, la cultura suele aparecer como adorno. Se anuncian planes, se inauguran infraestructuras, se aplauden indicadores. Pero casi nunca se pregunta qué relato sostiene a la comunidad que habita este territorio.
Y ahí el teatro entra —inoportunamente— en escena.
A pocos pasos del centro de Iquique, la historia observa desde la Escuela Santa María de Iquique. No es solo un hito patrimonial: es una advertencia. Recuerda que el progreso sin dignidad termina en tragedia.
Después de los numerosos hechos luctuosos que han marcado nuestro terruño, el teatro en Tarapacá no puede ser una manifestación artística neutra. Cada montaje dialoga con los fantasmas de las víctimas. Cada ensayo es un acto de exhumación simbólica. Cada estreno formula una pregunta incómoda: ¿qué hemos aprendido de nuestra historia social? ¿Qué lugar ocupan hoy la justicia y la memoria de los marginados en medio del discurso del desarrollo?
He dedicado mi vida al quehacer escénico en este confín del mundo. Muchas veces escuché que el teatro “no es prioridad”, que “hay urgencias mayores”, que “la cultura puede esperar”. Y, curiosamente, siempre puede esperar. El presupuesto cultural se reduce sin escándalo. El artista debe resistir en silencio. Esa sí es una política constante.
En el Chile actual, donde la desconfianza institucional convive con la fragmentación social, el arte no es un lujo: es un lugar donde la sociedad puede pensarse de nuevo. En mi trabajo creativo, la memoria no ha sido un recurso estético ni una estrategia para ganar fondos concursables, sino un núcleo ético. En Tarapacá, la historia no es telón de fondo: es partitura constante. Si el desarrollo regional no incorpora esa melodía, corre el riesgo de convertirse en simple crecimiento sin relato.
¿Locura? Sí. Locura es formar actores por vocación cuando el mercado premia la fama instantánea. Locura es montar obras sobre memoria histórica cuando la estadística recompensa lo efímero. Locura es levantar voz propia mientras la capital impone tendencia.
Pero esta no es una batalla nueva. Desde Elías Lafertte hasta Sergio González Miranda, desde Luis Advis hasta Óscar Hahn, este paraje lleno de silencios ha debido contarse a sí mismo para no quedar reducido a mero paisaje. Cada uno defendió una convicción radical: el desierto no es vacío; es un territorio que piensa.
Quizás la verdadera locura sea creer que una región se fortalece solo con carreteras y no con pensamiento crítico. Suponer que la seguridad se construye únicamente con control y no también con sentido de pertenencia. Pensar que el desarrollo económico puede sostenerse sin cohesión cultural.
El teatro en Tarapacá no compite con la agenda pública: la profundiza. Cuando un actor encarna a un pampino, no hace folclor: interroga las raíces del conflicto social chileno. Cuando una actriz presta su voz a una mujer borrada por la historia oficial, no entretiene: restituye una genealogía.
Eso incomoda. Porque el teatro honesto no confirma lo que ya sabemos: lo problematiza.
En tiempos donde el debate se reduce a consignas y redes sociales, la escena propone algo radical: tiempo. Tiempo para pensar. Tiempo para escuchar. Tiempo para disentir sin destruir.
La pregunta no es por qué seguimos haciendo teatro entre el mar y el desierto. La pregunta es qué ocurre con una sociedad que considera prescindible su propia memoria.
Sin escena, la historia se vuelve postal.
Sin dramaturgia, la identidad se convierte en eslogan.
Sin cultura, el desarrollo es pura cifra.
Si insistir en eso es locura, entonces asumámosla. Porque en Tarapacá la locura creativa no es capricho artístico: es responsabilidad histórica. Y renunciar a ella sí sería verdaderamente insensato.







