Señor Director: Las encuestas y sondeos son viejos, no tanto como el hilo negro, pero ya en los años 30 del siglo pasado comenzaron.
Tras vivir tantos años se puede concluir que cuando favorecen a un candidato es el mejor sistema, pero cuando no, entonces no sirven para nada.
Triste sino de las famosas encuestas.
Antes de seguir les dejo la definición de la Real Academia de la Lengua Española, define la palabra encuesta de la siguiente manera:1. Averiguación o pesquisa; 2. Conjunto de preguntas tipificadas dirigidas a una muestra representativa, para averiguar estados de opinión o diversas cuestiones de hecho.
Tan vistas últimamente, a propósito de las elecciones presidenciales del 21 del mes en curso fue a partir del término de la Segunda Guerra Mundial que el interés por las encuestas se extendió a casi todos los países. Pero fue tan sólo en la década de los sesenta que las encuestas fueron ampliamente utilizadas, con fines electorales, por los medios de comunicación y los partidos políticos. A contar de entonces, el uso de encuestas ha crecido en términos casi exponenciales.
John F. Kennedy, Presidente de Estados Unidos entre 1961 y 1963, fue el primer candidato a la Casa Blanca que se basó en encuestas para su estrategia de campaña.
No hay nada más pesado, que cae como patada en la guata, que cuando estás más que ocupada y suena el teléfono para responder una encuesta. Generalmente, es la ocasión propicia para mandarlos a la punta del cerro. Suele ocurrir.
Las encuestas tienen su punto débil en la muestra señalada como representativa. Además, está la mentira de por medio que, por lo menos antes antes, era pecado. Ya no quedan confesonarios o confesionarios, aquel habitáculo (de madera) aislado usado para el sacramento de la reconciliación en la Iglesia Católica. Es que los tiempos cambian y el mundo que antes era de los arrepentidos, ahora es de los incrédulos.
Como la cuestión no anda al lote, hay pensadores en este tema. Uno de ellos fue Paul Lazarsfeld, norteamericano de origen polaco, precursor de la Sociología Empírica en Estados Unidos, en 1950 en su discurso durante el Congreso Anual de la American Association for Public Opinion Research, planteó que era un deber de los investigadores que realizaban encuestas actuar como cronistas de los hechos. Para él, el potencial de las encuestas radicaba en la capacidad de entregar evidencias objetivas para la interpretación histórica de las sociedades. A su juicio, su valor estaría en documentar las opiniones, sentimientos e inquietudes de las sociedades en momentos determinados del tiempo, dejando de lado las interpretaciones y distorsiones propias de las subjetividad de los investigadores.
Y también estuvo el sociólogo francés Pierre Bordieu, quien en 1971 afirmó “la opinión pública no existe” criticando duramente a estos sondeos, por considerar que se trataba de “artefactos” creados por las empresas que realizan este tipo de mediciones. Sus reparos apuntaban a que todos los seres humanos tienen opiniones personales sobre los asuntos que se les consulta, que todos los entrevistados se hacen a sí mismos las preguntas que se les formulan en base a categorías cerradas de respuesta y le atribuyen los mismos significados, y que la suma de todas las respuestas supone que todas las opiniones son equivalentes y que tienen el mismo peso social.
Conocidos estos antecedentes la conclusión es que la mejor «encuesta» se conocerá entre el 21 y 22 de este mes que corre raudo cual Secretariat, el caballo más rápido de la historia. Bueno, uno de los más rápidos, sino no cree hagamos una encuesta entre los aficionados a las carreras.
Rosalía Lourdes Andrade Y.
(Foto referencial)