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Los años dorados

10 agosto, 2020
en Cartas
Los años dorados
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Señor Director: Cierta vez, mi jefe, me comentó que había visto en una revista norteamericana, una sección titulada «Los Años Dorados», dedicada a lo que hoy se denomina Tercera Edad y que al verla se preguntó: ¿Qué tienen de buenos los Años Dorados?

Imagínense ustedes que mi jefe no tenía problemas de dinero. Él, lo que verdaderamente sentía, era que la vida se le iba rauda y estaba en esa edad.

Sin embargo, llegar a viejo tiene sus virtudes. Por ejemplo, se ha visto y palpado lo que otros recién están sintiendo. ¡Si se escuchara a los viejos, otro gallo cantaría!

Siendo viejo se comprueba que la gente joven es incrédula. No cree nada hasta que les sucede lo que tanto le habían advertido. «Mi abuelo, mi abuelita, mi mamá, mi papá, me advirtió esto y lo otro y no le hice caso y ahora estoy metido en medio de un caos». Lo hemos escuchado y vivido.

Siendo subalterno de este magnate y de haber vivido numerosos episodios muy sabrosos cerca de él, porque de verdad, fue un personaje en el país. Y se le cuelgan muchas cosas. Cuando se vio que estaba en medio de los «años dorados» apareció una amargura que pasó a ser permanente. Como dice uno de mis nietos en su lenguaje raro: ‘Se la tomó en mala’. Mi jefe había llegado a viejo y no quería serlo.

Cierto día me dijo vamos a hacer un recorrido por el centro. Y se paró a conversar con medio mundo, con gente que ni conocía. Les preguntaba cómo lo había tratado la vida, si respetaban a sus papás, hermanos, etc. Si estaban contentos, cuánto ganaban, si eran felices, si jugaban al fútbol. Se les paraba de frente y les decía soy fulano de tal y la gente se sorprendía. Era un hombre de casi un metro 90, aunque después se achicó un resto. Tenía ganas de seguir viviendo y veía que se acercaba el fin.

Cierta vez en el aeropuerto de Calama lo esperaba su avión Citation. Llegamos y me dijo: Sabe, mejor vámonos por tierra y le dijo al piloto que lo esperara en Cerro Moreno. Y partimos. Me dijo, cuéntame la anécdota esa que me gusta, la de su abuelito tocando el violín en la puerta de su casa en la Oficina Luissis. Olvidaba contarles que la noche anterior había organizado una comida e invitado al Nro. 1 de Codelco de esos años y otros, no más de diez. Él sabía de cargos, pero no los conocía físicamente. Entonces, sentaron al mandamás de Chuqui a su lado y al otro estaba yo. Y me dice, en inglés. ¿who’s that dude? Cuando le respondí, dijo en «chileno»: ¡Chucha!

Volviendo al tema. Ahora que yo llegué a viejo me doy cuenta que la «vejeztud» no son los años dorados. No. No tienen nada de eso. Y sin dinero, peor.

Pero a pesar de todo, como consuelo, quedan los recuerdos. La pasamos bien, mal y regular. Estuvimos y sentimos la vida cada minuto. Compartimos con grandes amigos. Y cometimos errores que no reparamos. Vimos a los agoreros, a los adalides, a los paladines, a los justicieros, a los que las saben todas, a los dueños de la verdad, a los que tienen la solución para todo y son sólo humo y pasaron al olvido, tal vez los recuerden con el nombre de una calle o un pasaje perdido; conocimos a cuánto defensor del pueblo hubo, vimos cuánta causa perdida, a los sinvergüenzas con corbata, a los malos empleadores que lucían como si nadie supiera que habían burlado a medio mundo hasta que se hundieron en su propio basurero; a los políticos de barro, a los palmateadores de espalda, a los que dictan cátedra cada día, a los que se levantan no a trabajar sino a colocar obstáculos y cortapisas. Bueno, todo ellos, igual que mi jefe y yo, pasamos al olvido sin distinción y estaremos sólo en la mente de nuestra familia y unos pocos amigos. El partió y yo sigo mi camino.

No hay que mentir, decía mi abuelito Edesio. Y, les digo a mis 87 años, la tercera edad no tiene nada de dorada. Hay que rezar.

Muchas gracias por publicar mi carta, me entretuve en cuarentena.

Edesio Segundo González F.

(Foto referencial)

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