Así son los caminos de la vida, un día domingo tapada con poncho y botas, y otro libre de harapos y zapatos. María Eugenia me señalaba que su niña interna estaba brincando de dicha por abrazar las bajas temperaturas, el aire otoñal y la neblina manifiesta.
Recuerda su infancia en Iquique como la época de las largas vacaciones y la playa como segunda casa. Su padre, el recordado doctor Ávalos, era un fanático del campamento y se iban con monos y petacas por dos meses y medio que duraban las vacaciones. Después ella se casó y su familia política era aún más playera que la suya. Se trataba de sobrevivir y alimentarse de lo que nos daba el mar.
Cómo entiendo a esa niña. La mía respira porvenir y un ramillete de sonrisas. Camina descalza, a pata pelá, por la alfombra de arena de Cavancha, pisando las sombritas en el regreso a casa, con el sol acariciando la cuerpa y los tórridos pensamientos que agitan el momento.
Me gusta esta sensación. Me agrada sentir que el sol abriga, disipa las penas y las porfías eternas. El sol viene conmigo, el desierto también; viene con los otros, los que ya partieron y los que siguen viviendo en los recuerdos.
Desde pequeña, adherida al vestido de la abuela, a las palitas construyendo un castillo; caminando con los amigos por la piscina Godoy; conociendo la pampa de la mano de mi tata; viendo a mis amigos tirarse piqueros en el Saladero; subiendo el cerro Esmeralda; escalando el dragón dormido y bailando la Reina del Tamarugal.
Recuerdo usar short, polera y condoritos los 365 días del año. Ser protagonista de las vacaciones de verano más largas de la historia. Ir a la playa hasta abril y continuar en agosto; capeando tumbos en medio de la balsa y las playitas de los más intrépidos.
De todos los sabores, el jugoso mango y el limón de Pica.
De todos los atardeceres, el inexpugnable patio del barrio El Morro.
De todos los juegos, el rin raja y la chaya del último carnaval.
De todas las fiestas, la de la patrona y madre de los iquiqueños.
De todas las pasiones, el grito de gol en el Tierra de Campeones.
De todos los paseos, viajando en el furgón utilitario a Chanavayita.
De todos los tumbos, los que nacen en playa Cavancha.
De todas las alegrías, no ir a clases por la llovizna crecida.
De todas las conversaciones, respirando un cafecito en el casco antiguo.
De todas las tradiciones, la quema del mono y el lonche.
De todos los milagros, me quedo con el mar; y de todos los fulgores, abrazar la vida bajo el sol magistral.
¡No lo digo yo! También lo sienten, siendo testigos y protagonistas, una familia boliviana cuyos rostros develaban que desconocían el mar y la rada. Mojaban sus pies con temor, con las manos refrescaban la cara y medían en silencio la distancia entre la tierra y el inexpugnable océano.
En ellos se observa el habitar de un grupo de niños en tenaz crecimiento. Desnudan en sus gestos algo sagrado, como si el mar les estuviera confesando un secreto antiguo. Tocan el agua con respeto, como quien saluda por primera vez a un gigante.
Entonces recordé una línea del poeta iquiqueño que siempre vuelve cuando uno mira este horizonte: “el mar, ese que Iquique me sabe dar”.
Y pensé que para ellos ese regalo recién comenzaba.
Lo lejano para ellos es presencia y esencia en mi alma… caminando descalza, con el cabello al viento y la sal pintando la geografía de mis huesos.
Sonia Pereira Torrico
(Foto de la columnista aportada por Theo Camara)







