Cuando era niña, mi mundo giraba en torno a la ciudad, pero sobre todo al barrio. A ese pequeño universo donde bastaba caminar unos pasos para encontrarse con el mar. Allí jugaba con los cangrejos, sacaba caracoles entre las piedras y les cantaba, caracol, caracol, saca tu cachito al sol. Siempre andaba descalza, pisando las sombritas que dejaban las nubes sobre la arena. Me quedaba en las pozas que se formaban entre los roqueríos. Estaba también la casa de las rocas, ese lugar imaginario donde una podía pasar horas y horas inventando historias.
Sé que este relato lo he contado varias veces, pero siempre se siente distinto. Porque la memoria no es una foto estática, es una emoción que cambia, que se mueve con uno.
¡,Este recuerdo vuelve hoy! porque he visto por televisión la sorpresa, incluso la crítica, por la cantidad de carpas en las playas iquiqueñas. Como si acampar fuera algo extraño. Y no lo es.
Acampar es una tradición que viene de décadas, de nuestros antepasados, de nuestros ancestros que venían de la pampa. El éxodo pampino hizo que muchas familias bajaran a la costa, se conectaran con el mar y aprendieran a vivir de él.
Charles Darwin dijo alguna vez que Iquique era una miserable caleta. Pero con el tiempo, y con la llegada de tantas familias, Iquique empezó a crecer, a cambiar, a levantar poblaciones, campamentos y tomas. Porque simplemente había que sobrevivir y sacar adelante a las familias del Morro, el Colorado, la Puntilla, el Matadero, Cavancha y tantos otros
Los inicios no fueron fáciles, sobre todo después de 1930. Había que llevar el sustento a la casa. Y según los relatos de mi abuela, cuando ella era niña veía que en la Playa del Colorado, abundante en pescados y mariscos, muchas personas vivían gracias a lo que entregaba el mar. Pareciera que el creador hubiese bendecido esta tierra. Tierra firme, de un sol inclemente , pero también una tierra alegre, generosa y del eterno carnaval. Y esta herencia se fue pasando de generación en generación.
Yo nací en 1977, mi infancia recorre los años 80.
Y en medio estaban las vacaciones. Acampar en la playa era nuestro Disney soñado, un lujo
Nos íbamos 10 o 15 días. Nos juntábamos con otras familias, con parientes, para abaratar costos. Eran tiempos difíciles, pero todo sumaba, nada restaba. El destino soñado era Chanavayita. También estaba Palo Buque, Los Verdes, pero queríamos ir más lejos.
Chanavayita no tenía almacén, no tenía agua potable. Había que esperar el camión aljibe una vez a la semana. Se hacía una fila enorme, como un peregrinar, parecido a lo que se vive en La Tirana, esperando la bendición. Solo que aquí la bendición era el agua, para cocinar, para lavarse.
A mí no me importaba nada de eso. Me encantaba andar a pata pelada, con los pies negros, con la sal pegada en la piel. No existía el bloqueador, no existía el bronceador, existía el sol y la libertad. Y existía mi madre, cocinando pescado frito, con una pilsener en la mano.
Entonces me pregunto….
¿Qué es Iquique?
Iquique es una ciudad entre cerros y mar. Un lugar donde el océano a veces es tranquilo y otras veces bravo, y nosotros aprendimos a capearlo con las olas y volver a pararnos.
Iquique es ir el 16 de julio a ver a la Chinita. Es ensayar antes de la fiesta, es agosto y San Lorenzo, es correr, reír, gritar por la cola del dragón,
es tomar el lonche a las seis en la playa, ir al desfile, esperar el 21 de mayo como un día sagrado. Podría seguir hablando y quedaría corta.
Pero todo lo señalado es identidad y nortinidad. Y acampar en la playa no es moda es una institución más del glorioso.
Estamos en febrero, esperando con ansías el carnaval, la chaya y el entierro del Rey Momo.
Porque, como dijo Isabel Allende:
“Hay lugares que se quedan viviendo dentro de uno para siempre.” E Iquique, para nosotros, no solo se habita… Iquique se lleva en la piel, en la memoria y en el corazón.
Sonia Pereira Torrico







