Los recuerdos afloran como hojas rebeldes y es menester sentir el crujir del alma pampina cuando llega la helada del invierno, porque hay lugares que uno no visita solamente con los pies; algunos caminos se quedan viviendo para siempre en lo más profundo del corazón.
Mi madre, antes de ser la mujer que veo en esta fotografía, también fue una niña que viajaba con sus padres por la inmensidad de la pampa, en esos camiones cargados de historias, con monos y petacas, rumbo al encuentro con la Chinita.
“Qué tiempos más lindos”, exclamaba. “Llegábamos, armábamos la carpa y nos quedábamos varios días. Había que ir a buscar el agua al pilón de la plaza, la gente dormía alrededor del templo y hasta dentro de él”.
Y cómo olvidar esos sabores que todavía viven en la memoria, el café calentito con sopaipillas tiraneñas, el charqui tostado a las brasas, el agua de coco, las tortas de higo, las melcochas y los pululos. Romper los maníes con cáscara, jugar lota y andar con los ojos puestos en todas partes, porque entre tanta gente había que encontrar a los familiares que llegaban desde lejos.
Aparecían los asados de cordero, las conversaciones largas, las risas y esa alegría sencilla de celebrar a la Carmelita.
La bulla nunca molestaba. Los labios quedaban secos, las mejillas se encendían como frutillas, el pelo quedaba tieso por la intrepida chusca y las piernas sentían ese frío que solo conoce quien ha vivido una madrugada pampina. Pero nadie pensaba en el cansancio, porque todo sacrificio era pequeño cuando se trataba de adorar a nuestra Madrecita, la Chinita.
¡Pasaron los años! Y aquella niña que viajaba en camión, que dormía en carpa y caminaba por La Tirana llena de ilusión, creció. La vida la convirtió en mujer, en madre, y un día fue ella quien tomó a sus hijos para llevarlos por el mismo camino que antes habían recorrido sus padres.
Mi madre joven, con su guagua en brazos, frente al templo, ahora era quien guiaba los nuevos pasos de su familia.
“¡Vamos a la iglesia!”, decía. Hacemos la fila, esperamos frente a la Chinita y recibimos esa bendición que parece acompañarnos hasta la próxima estación.
Y alrededor, la plaza vuelve a llenarse de vida. Los chunchos, morenos, gitanos, promeseros, indios, Kullacas y chinos danzan con esa belleza y sincronía que emociona hasta el día de hoy. Cada baile guarda una historia, cada paso lleva una promesa.
Como aquella guagua que hoy es un hombre adulto, bailando como diablo suelto en religiosa comunión con su familia.
Porque hay cosas que no cambian. No cambia la fe, no cambian las tradiciones, no cambia la sopaipilla tiraneña para capear el frío, ni la mesa larga donde siempre hay espacio para compartir. No cambia el encuentro de las familias, ni la emoción de esperar juntos la víspera de la Chinita.
Sonia Pereira Torrico







