Ir al centro no era un trámite planificado, simplemente un acto cotidiano, como ir por un kilo de pan o arreglar la tapilla de un zapato. Las distancias eran cortas. En mi barrio de la memoria, el despacho, la carnicería, la botillería y el bazar de la Ginita quedaban a la vuelta de la esquina.
Mi abuelo acostumbraba acudir al banco o juntarse con sus ex compañeros de la Escuela de Minas de Antofagasta, vestido de terno y con los zapatos lustrados. A mamá se le olvidaba el hilo o el cierre de la modista y, sin premura, se sacaba el delantal para colocarse los tacos y un vestido con cinturón ceñido para ir por el mandado.
¿Por qué digo esto? Porque regreso a ese bello instante. Porque en este presente omnipresente preciso recoger paciencia, tiempo y sapiencia para comprar un remedio, un cuaderno o una bandeja de huevos. ¡Queda todo tan lejos! Las gentes se dispersan y ya no desean conversar ni mirarte por si llevas alguna pena.
Indiferencia, miedo y desconfianza se respiran en la meca de los edificios blancos y ocres. Por estos motivos, mientras aguardaba en la fila de un banco, cerré mis ojos para volver a otras épocas; esas que se desgarran en los ojos y permanecen en el color de la piel.
Ahí me siento más segura. Soy una jodida nostálgica de mierda por tal confesión, pero es mi amparo, mi inevitable levedad por volver al pasado.
En un principio pensaba en la presencia mágica de mamá, pero mi sentir trasciende esa figura materna. Me gusta sentipensar en el barrio, con mis amigos, con el perro moviendo la cola, el suplementero, el afilador de cuchillos, el carrito de Soprole.
En medio de las calles polvorientas pongo oído, soy escuchada y puedo escribir el paisaje que mi alma declama.
En la semana ibas al colegio, ya fuera en la mañana o en la tarde. En cualquier caso, estrechabas lazos con los compañeros, con la Orieta, una niña etérea que me invitaba a tomar tecito a un conventillo. ¡Maravilloso lugar! Algo así como la vecindad.
Los fines de semana existía un contrato familiar, una vez después de la retreta, ocurría un momento sin igual. Se juntaban los primos, tíos, abuelos, padres y padrinos en la casa de los más viejitos, bajo los techos que en otros años eran patios, tendederos y refugios para palomas o para algún loquillo.
La vecina avispada avisaba que un familiar de otra región había enfermado. No molestaba esta invasión a la privacidad, ni tampoco la lota o el bingo a beneficio por la delicada salud del pampino de la Oficina Iris.
¡Dios! Protesto, sí, protesto, porque hoy se están yendo como una bocanada, gente hermosa y cercana al otro plano. Pero no deseo llorar como la Violeta, como alma en pena; sólo quiero recordar y escribir este brutal manifiesto.
En ocasiones me siento sola sobre la copiosa calle de cemento, fría y silente. Sólo siento la hojarasca y el paso cansino de cinco décadas.
En cada retroceso, los pasajes del barrio aparecen con niños jugando y aprovechando cada recoveco. ¿Se acuerdan que en Navidad las mesas y sillas se ordenaban como una rayuela para cubrirse de manteles de plástico, chocolate y canela?
Nada era azar. Sabía a ciencia cierta a qué hora debía entrar a mi casa, bañarme, tomar once y acostarme con la lunita de Telenorte. También sabía el santo, el cumpleaños y el velorio de algún Juanito.
El canto de las gaviotas endulzaba cada mañana. La bruma salina venía encapsulada al interior de una botella traducida en un mensaje que decía, “¡Vamos a tomar la micro!”, en un avísale y un avísandole, para visitar a las primas del barrio pituco del puerto.
Sonia Pereira Torrico







