Corría el año 1972, la época dorada de mis padres. Jóvenes enamorados de la vida, de la música, la guitarra y las fogatas en la playa larga. Aún reinaba el efecto Woodstock en el mundo e Iquique no era la excepción, la paz y el amor se reflejaba en las ropas hippies, cabellos largos y pantalones pata elefante. Si bien la orquesta del Ñatito Cortés y los valses del grupo Los Bingos no pasaban de moda, se oxigenaban las celebraciones con las agrupaciones musicales como «Los New Demons», «Versículo Sexto», «los Ralbepp» y «Soul Gass», de Lino Carvajal. «Juventud», divino tesoro, caminante y respetuosa de sus mayores, la que estudió francés, pololeaba en el tontódromo, peregrinaba en la «Gruta de Lourdes» de Cavancha a agradecer o a pedir no quedarse en marzo para un exámen, la que celebraba los 21 y en julio para cumplir la promesa a la chinita a pie o en micro. Jóvenes que disfrutaban en toda su extensión el litoral, jugando a la chaya desde el barrio El Colorado hasta buque varado. Caminando por las baldosas de avenida Balmaceda y llorando en el Cine Délfico por la guagua perdida de la novia de América.
Así comienza la historia de Ayi Martin, la historia de una reina que acaba de dejarnos y partir al reencuentro con sus seres amados, en especial con su querido hermano Pato.
Ayi llegó a Iquique a los 15 años de la mano de sus padres y tres hermanos en 1968, extrañando Chillán, su tierra natal. Lloró a mares ver los cerros sin el verde de Lorca, porque desde chiquitita mojaba sus pies en el empedrado de un río azulino. Sin embargo se enamoró del pan batío crujiente y cubierto de mantequilla en el café Diana. Era tan feliz la niña Ayi, porque sabía que esa oncesita de las 5 , era un regalo que dios le había prometido. Amaba cada mesa del salón, los manteles y las paneras para regocijar la visita de esta damisela. ¡Me sentía importante!, afirmaba con frenesí, ¡ya que en la familia, no existían lujos, y papá hacía un gran esfuerzo por dar cariño y atención!. Esas miguitas de ese pancito, significaban la esperanza de un día mejor, que la vida era bonita y sin medida.
¡Ayita era soñadora!, escribía sus memorias en un cuaderno al interior de su dormitorio , sin que nadie la viera y fuese descubierta. Le parecía tonto, pueril y no deseaba ser objeto de un regaño. Amable, alegre, dulce y cariñosa, Ayi estudió la secundaria en el liceo de niñas, estrechando lazos que marcarían para siempre la historia de esta iquiqueña adoptiva. Viviendo en el barrio El Morro, block A-2, departamento 403, transitaba entre las voces de lobos marinos y vendedores de erizos. Con éstos últimos, su mamá preparaba una tortilla, convirtiéndose en el menú por elección. ¡Que tiempos querida Ayita!, ahora te escribo como si estuvieses acompañándome en un atardecer iquiqueño. Nada quedará en el tintero, nada, porque tus recuerdos son carne viva de mis memorias atemporales.
Conociste a mi madre, con ella planeaban la fiesta del bochinche y los lentos, llamaban a sus amigos Angela Rojo, Arturo Solari, Silvana Andaul , Celia Torres para acompañar a Miguel Angel con su guitarra, en presencia de una palmerita, símbolo vivo de numerosas generaciones morrinas. ¡Ayita!, mi corazón estalla de emoción por tus relatos. Te gustaba bailar la diablada y la cueca nortina , perteneciste al grupo » Los de la Costa» para aprender y reflotar a tu niña artista. Papá y mamá no te veían todavía, pero eso lo solucionabas cerrando los ojos y conectándote con la gotitas salinas que cubrían tu carita, así no te pillaban, si llorabas por ese chiquillo aquel o el deseo de tomar un bus sin dar ninguna explicación. Ayi se refugiaba copiosamente en el crepúsculo de la bajada de la bandera, observaba toda la inmensidad de la costa iquiqueña desde su balcón. El fondo compuesto por nubes rojizas; grisáceas y blancas , el oleaje inquieto y a ratos desesperado se convertía en la mejor postal y el patio inexpugnable para jugar, bailar y nadar con la quimera creciente. Ella simplemente cerraba los ojos y se quedaba suspendida con el sonido del mar, ¡sentía tanta paz!.
En 1972 ingresaste a la universidad a estudiar pedagogía en inglés, ese lugar quedaba re lejos!!, le llamaban los potreros o gallineros, atrás un majestuoso cerro dragón durmiente y silente protegiendo al glorioso. Ayi con 18 años, estaba comenzando a vivir, a sentir nuevas experiencias, conociendo a otras gentes de otras tierras y estudiando las materias en la ex playa larga, para sellar el encuentro con el padre sol, bailando twist y sacando machas para llevar a casa.
Alma libre y alegre, solamente te faltaba ser sabia, pero la historia no terminaba aquí, porque te coronaron Reina Mechona el año 1972 representando al departamento de Artes y letras, entregado su mensaje a la Corte de Honor y cantando padre sol de tormenta en el «Círculo Italiano «.
Sueño que marcó tu vida y la de muchos que hoy no te olvidan con tu partida; amiga querida; morrina e iquiqueña de corazón.
Sonia Pereira Torrico
Fotografía: Fiesta Mechona 1972, Universidad de Chile, sede Iquique.







