Señor Director: Más de alguna vez en la vida uno se encuentra con personas catetes y que siempre están aportillando ideas y acciones concretas, llevadas adelante por otros emprendedores con esfuerzo y fe. Y éstos, de verdad, se toman su tiempo. El que Dios les da y viven tranquilamente, sin apuro.
Se comienza algo que cuesta finalizar porque los recursos siempre son escasos, máxime si no se es político ni hay dinero suficiente. Sin embargo, mucha gente lleva adelante sus propósitos, metas u objetivos varios a pesar que hay gente catete que se mete y pregunta y pregunta -apurando- desalentando más que apoyando.
Siempre las historias son añejas. Pero esta que a continuación les relato ocurrió ahora, apenas comenzó el Siglo XXI.
Un señor visitaba de vez en cuando a un amigo en su campo y le preguntaba siempre cómo iba la construcción de su casa. Él, junto a su esposa e hijas, había comenzado a construir una sencilla, pero hermosa morada rural cuyo plano estaba en su mente y recibía lo que la tierra le daba. Se demoró 17 años en estar concluida una singular vivienda y todos esos años la pregunta del visitante siempre fue: ¿Cuándo terminas?
Y, lo cierto es que a él y su familia no les interesaba el plazo. Tenía fe y de tiempos, plazos y cuentos, nada. Estaban siguiendo el camino que Dios les había señalado. Sólo querían terminarla cuando terminaran porque era su vida. Por mientras, sus gallinas les daban huevos, sus cabras leche, los conejos y cerdos carne de vez en cuando y el huerto los surtía y los árboles les daban fruta y la madera necesaria. Sus hijas iban a la escuela cercana en «Babieca», un caballo regalón; en bicicleta o caminando porque no les quedaba lejos y tampoco eran ejemplo para otros en la comunidad donde todos hacían lo mismo porque así se vivía. En la simpleza misma, con la gracia de Dios.
Sus hijos crecieron, estudiaron y buscaron su propio camino, con las mismas enseñanzas de su papá y mamá. El invierno lo soportaban preparándose, pero no creyéndose el cuento, sino con fe y respetando lo que Dios les daba cada día que les entregaba.
Un día llegó el amigo impertinente que nunca “se pegó la cachá” (gran expresión popular) y vio que estaba lista la casa. Entonces, dijo: Veo que terminaste la tarea. No, le respondió el campesino. ¿Ves la casita donde vivíamos mientras hacíamos esta? ¡Esa es mi próxima tarea! Y ven a preguntarme cuándo quieras. Es que hay gente que no cambia nunca.
Rosalía Lourdes Andrade Y.







